Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Todos queremos ser el hijo o hija predilecto(a). ¿Qué se siente en el alma cuando se percibe que otro es el que tiene las preferencias? El asunto es tan importante que podría determinar, en gran medida, el destino de las vidas, no solo del preferido y marginado, sino también de sus propios descendientes. Freud (1) señala que el asunto es de tanta repercusión que hasta puede influir en la determinación de las elecciones de objeto sexual y vocacional. Cada hijo desea ser el más amado de la familia, por lo que sentir que un hermano monopoliza el amor de uno de los padres hace que se le perciba a este como un injusto usurpador, de-sencadenando sentimientos de rivalidad, celos y envidia. En la clínica se constata el dolor sin límites del hijo que se siente “desposeído”. Se perciben como de segunda clase, cercenados en sus derechos y hasta en las posibilidades de desarrollo. La represalia y la venganza no dejan de rondar. Tampoco se beneficia el privilegiado porque padece de remordimientos y agresiones directas o indirectas de los hermanos restantes. Los rencores están presentes y, en algunos casos, cruzan varias generaciones. “Mi hijo Luis (4) está pendiente de lo que hablo con su hermano mayor. El otro día, al ver que su hermano no tomaba la sopa, me dijo: 'Yo sí tomo toda mi sopa. ¿No es cierto, mami, que yo también soy como él’, y observé su carita como de desesperación esperando mi respuesta”. Pero, cuando le dije que él “creía” que yo quería más al hermano mayor, pero que no era así y que yo quería a los dos por igual, se puso a saltar de contento”. Rebeca, 34. ¿Y si todavía llevamos la bronca dentro contra padres o contra el hermano preferido? Quizás reconocer que son sentimientos de la chiquititud, inadmisibles hoy por ser de otro tiempo y..., caballero nomás, así fue la historia y no se puede variar. –'Psicogénesis de un caso de homosex. fem’. (1)