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"Si no salvamos los animales, nuestros hijos ya no los verán"

2009/04/04

Ella y su esposo son empresarios que asumieron la lucha por salvar especies silvestres en extinción. Por ello, Cecilia Chávez convirtió La Granja Villa en un centro de rescate donde los niños pueden gozar a los animales. Y acaban de abrir otro local en Comas. Más datos: www.lagranjavilla.com

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"Quería ser abogada pero, a los 16 años, salí embarazada. Me casé y, al cabo de dos años, me separé. Me quedé con mi hijo, que fue lo más maravilloso, y mi título de secretaria ejecutiva”, cuenta Cecilia Chávez. ¿Trabajó como secretaria? Sí. Hasta que entré a un banco, el BIC. Ahí se me presentó la oportunidad de entrar a operaciones: empecé en bóveda, contando plata, pasé a ventanilla, a cuentas corrientes y, después, pasé a moneda extranjera. Fui a la universidad. En Interbank seguí trabajando en lo mismo hasta que me independicé. El negocio creció muchísimo y, en esto, conocí a una persona que tenía una oficina en Ocoña, con la que trabajábamos muy bien. Y sucedió que, pese a que no hubiera atracción al comienzo –¡usaba guayabera!, nada que ver–, nos enamoramos y nos casamos. Después, entró Fujimori y ya no hubo sitio para ese negocio. ¿Cómo pasaron a La Granja Villa? Compramos un hotel, que nadie quería, en Tingo María, que era zona roja. A mí, que no conocía la selva, me pareció un sueño. Madera Verde tenía seis mil hectáreas. Al día siguiente que comenzamos, Inrena empezó a pedir que cuidáramos los animales que iban recuperando. Nos nombraron centro de custodia y, en seis meses, ya teníamos 500 animales. Una vez llegó lo que para mí era un perro, pero era un oso de anteojos. Lo criamos y creció, como metro y medio. Era una persona. Sí. Y un día, jugando, casi le destroza el brazo a su cuidador. Entendimos que era un animal salvaje pero me di cuenta de que no podía estar en una jaula. Fuimos al Parque de las Leyendas, a ver cómo tenían a los osos de anteojos, pero yo lo cuidaba mejor. Fuimos a Huachipa, lo mismo. Y me hablaron de Heinz Plenge, que tenía su reserva en Chiclayo. Me dijo que él no podía acogerlo y que yo tenía dos opciones: o lo 'dormía’ o me lanzaba a hacer una reserva como la suya. ¿El oso tenía nombre? Boogie. Y ya era parte de mi equipo. Así que con nuestros ahorros comenzamos a construir su hábitat. En tres mil metros le hicimos un recinto espectacular. Y, al poco tiempo, nos trajeron de la selva central a una osa que habían rescatado. El día que inauguramos el hábitat, Boogie entró primero y, después, la soltamos a ella. Fue amor a primera vista. Y proyectamos más recintos. Cada año hemos crecido quitándole espacio al hotel. Y somos el primer centro de rescate para animales en extinción del Perú. ¿Pensaron tener un zoológico? Buscábamos uno, cuando nos llamaron de La Granja Villa. Entramos en octubre de 2002. Vendimos nuestra casa, regia, y nos fuimos a vivir a la granja, donde está ahora mi oficina, pensando dos años… pero fueron cinco, porque fuimos comprando los terrenos de los costados. El año pasado recién nos mudamos. Y funcionó el formato. ¿Cuál es el formato? La pulsera mágica: uno puede ser recontramisio o billetón, pero ese día, en La Granja Villa, los chicos son iguales. Todo es para todos. Eso lo vi en Disney y es una de sus cosas mágicas. ¿Qué hicieron en La Granja Villa? Lo más fácil fue la granja interactiva. Los colegios vienen a ver el cerdo, la vaca –los chicos las ordeñan, ven la leche, el queso–. Hicimos luego zonas de aves y monos que eran incautados en Lima. Trabajamos con veterinarios jóvenes y voluntarios y establecimos que cada uno adoptara un animal. Esto ha copado su vida. Me ahorra el psicólogo. Cuando uno está cansado, se mete a una de las jaulas. Hay gente que me pregunta cómo puedo gastar dinero en animales cuando hay niños con hambre. ¿Cuántas ONG hay para niños y cuántas para animales? Ellos son seres vivos, emotivos como nosotros, y, si hoy no los cuidamos, nuestros hijos no los van a ver. ¿Han logrado reproducciones en cautiverio? Ya nació el primer perezoso en cautiverio. De él no hay muchos estudios. Mueren muchos, porque la cría es muy depresiva. Hemos tenido la primera reproducción exitosa en cautiverio de oso andino, de anteojos. Y su mamá lo ha criado en libertad. Es una especie en peligro de extinción total. En Lima se comercializan muchos animales cuya captura está prohibida. Hay gente que pasa por el Mercado Central y quiere salvar a un mono que ve muriendo; entonces, lo compra y me lo llevan. Pero los animales silvestres no pueden reintroducirse a la selva. Otra buena gente compra un guacamayo y se lo lleva a su casa. Pero hacen tanto ruido que el vecino se queja; entonces, le amarran el pico o le cortan las alas y, por último, se lo quitan y el guacamayo se muere de pena. Entonces, no hay que comprar esos animales. Déjenlos que mueran. Es una pena pero comprándolos se financia esa actividad. Por proteger víctimas, generan más. Otros crían caimanes. ¿Qué van a hacer con ellos luego? Eso le enseñamos a los niños que nos visitan. Para cuidar animales silvestres, necesitan instalaciones como las nuestras y personal como el nuestro, porque los veterinarios de perros y gatos pueden matarlos. Y necesitan financiar todo eso. Usamos las utilidades de nuestros negocios para mantener nuestros centros. No dependemos de extranjeros ni del Estado ni del humor de nadie. Tienen practicantes, ¿no? Aceptamos practicantes desde 10 años. Normalmente los niños que donan animales se vuelven practicantes. Y esos niños que han tenido la sensibilidad de salvar a un animal suelen ser futuros veterinarios. Para el Estado, la fauna no es una prioridad. Y estamos hablando de patrimonio de nuestro país. Cuidando a los animales podemos ser mejores peruanos. Les decimos a los papás que se tomen un tiempo para llevar a sus chicos a la granja, para que jueguen y aprendan. Y los papás pueden enseñarles el tema a sus hijos, porque todo lo tenemos explicadito, para que ellos no queden mal.