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Opinión | Mar. 21 oct '08
Sensación de parodia
Sería bueno que el gabinete se ordene cuanto antes.
Qué problema más absurdo en el que se ha metido el gobierno con este pleito en el Ministerio del Interior, el cual puede ser una expresión preocupante de la urgencia de afinar un gabinete que está mostrando grietas relevantes.
El nuevo equipo debió armarse improvisadamente, sobre la marcha, como respuesta a una crisis política inesperada. Eso se está notando. Por ello, el gobierno debería invertir tiempo en realizar las coordinaciones necesarias para no proyectar esta sensación de desorden que siempre es perjudicial en la gestión pública, y especialmente en un momento como el actual marcado por la incertidumbre en el ámbito internacional.
La historia es tragicómica. El nuevo ministro del Interior, el general (r) Remigio Hernani, jura el cargo con entusiasmo, pero inmediatamente se da cuenta de que no puede conformar el equipo que desea que lo acompañe en su gestión. Quiere despedir a una persona clave del equipo, el director general de la Policía –un puesto que lo desempeña desde hace tiempo el general Octavio Salazar–, pero este no presenta su cargo a disposición pues fue nombrado por el presidente de la República.
Entonces, el ministro Hernani recurre a los medios de comunicación para mostrar su incomodidad por el hecho de que Salazar no renuncie, desnudando de ese modo la realidad de que no cuenta con todo el respaldo político, el cual sí lo tiene el director general de la PNP. Y para darle más fuerza a sus argumentos de la necesidad de sacarlo, enfila críticas demoledoras contra la gestión anterior en el Ministerio de Interior.
Mientras el sainete continúa y amenaza con adquirir una dimensión mayor, el premier Yehude Simon le tiene que meter una cuadrada en público al ministro del Interior, lo cual ciertamente corta el problema, pero deja literalmente sin piso al general Hernani, pues si este pretende mantenerse en el cargo, deberá comerse sus palabras y hacer de tripas corazón para establecer algún tipo de relación operativa con el jefe de la Policía.
El gabinete debe ordenarse con rapidez con el fin de no seguir proyectando desorden, ya no para pensar en alguna reforma del sector –que a estas alturas parece imposible– sino para no generar más incertidumbre de la que ya existe.
El nuevo equipo debió armarse improvisadamente, sobre la marcha, como respuesta a una crisis política inesperada. Eso se está notando. Por ello, el gobierno debería invertir tiempo en realizar las coordinaciones necesarias para no proyectar esta sensación de desorden que siempre es perjudicial en la gestión pública, y especialmente en un momento como el actual marcado por la incertidumbre en el ámbito internacional.
La historia es tragicómica. El nuevo ministro del Interior, el general (r) Remigio Hernani, jura el cargo con entusiasmo, pero inmediatamente se da cuenta de que no puede conformar el equipo que desea que lo acompañe en su gestión. Quiere despedir a una persona clave del equipo, el director general de la Policía –un puesto que lo desempeña desde hace tiempo el general Octavio Salazar–, pero este no presenta su cargo a disposición pues fue nombrado por el presidente de la República.
Entonces, el ministro Hernani recurre a los medios de comunicación para mostrar su incomodidad por el hecho de que Salazar no renuncie, desnudando de ese modo la realidad de que no cuenta con todo el respaldo político, el cual sí lo tiene el director general de la PNP. Y para darle más fuerza a sus argumentos de la necesidad de sacarlo, enfila críticas demoledoras contra la gestión anterior en el Ministerio de Interior.
Mientras el sainete continúa y amenaza con adquirir una dimensión mayor, el premier Yehude Simon le tiene que meter una cuadrada en público al ministro del Interior, lo cual ciertamente corta el problema, pero deja literalmente sin piso al general Hernani, pues si este pretende mantenerse en el cargo, deberá comerse sus palabras y hacer de tripas corazón para establecer algún tipo de relación operativa con el jefe de la Policía.
El gabinete debe ordenarse con rapidez con el fin de no seguir proyectando desorden, ya no para pensar en alguna reforma del sector –que a estas alturas parece imposible– sino para no generar más incertidumbre de la que ya existe.