Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Esta semana, los titulares se los llevaron los temas familiares. Dos niños entraron al Inabif por recibir constantes maltratos de sus padres: a J., de nueve años, le quemaron las manos por haberse portado mal. A otro pequeño, en Comas, sus padres le pegaban y lo insultaban tanto que sus vecinos denunciaron la agresión en la radio. Por si fuera poco, Eva Bracamonte entró a Santa Mónica por ser la principal sospechosa de haber asesinado a su madre, y el congresista Ricardo Pando acabó en emergencias porque su mujer lo apuñaló por la espalda. ¿Qué tienen en común todas estas historias? Más allá de cuáles hayan sido los móviles que empujaron a sus protagonistas a agredirse o a maltratar al más débil, estamos ante evidentes ejemplos de familias disfuncionales. ¿Qué está pasando? ¿Por qué en un drama como el de los Bracamonte Fefer están tan ausentes los adultos? ¿Por qué una pareja que tiene los recursos y la educación para resolver sus problemas en una terapia prefiere fajarse a cuchillazos en una cocina? Si bien los problemas familiares caen en el ámbito de lo estrictamente privado, lo que sí debería ser materia de discusión pública es qué está pasando con la salud mental en nuestro país. Vivimos en una sociedad en la que estar bien psicológicamente no es un valor. Gastamos en arreglarnos los dientes, dilapidamos fortunas combatiendo el cáncer; sin embargo, no nos preocupamos por mejorar nuestra relación con nosotros mismos y con nuestro entorno. Lo preocupante de este asunto es que, según la definición de la OMS, un individuo sano mentalmente puede trabajar eficientemente y contribuir activamente con su comunidad. Una persona psicológicamente enferma, por el contrario, será menos productiva y más proclive a la pobreza y a la violencia. Se calcula que, en nuestro país, el 37% de la población tiene la probabilidad de sufrir un trastorno mental alguna vez en su vida. En ciudades como Ayacucho, este porcentaje se eleva a casi 50% debido a la exposición a la violencia a que estuvo sometida su población. Sin embargo, y a pesar de la gravedad del problema, ningún seguro privado o público ofrece una cobertura decente para tratamientos psiquiátricos y psicológicos; y la verdad que no tenemos una política de salud pública que se traduzca en más profesionales disponibles para la población. Parece que la única alternativa que tienen los desorientados ciudadanos es comprar libros de autoayuda o llamar a los programas de los Maestre en busca de un consuelo que podrá ayudar a calmar la ansiedad del momento, pero que de ninguna manera resuelve los problemas que terminan alimentando titulares y noticieros.