Además:

Se necesita un Piérola, no un Don Francisco

2008/12/20
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En seis años, nuestras exportaciones se multiplicaron por cuatro. En cinco años, los ingresos fiscales prácticamente se han duplicado. En un periodo de nueve años, el país ha tenido superávit comercial y, además, el presupuesto del sector público ha crecido casi 2.5 veces. Y, en promedio, cada cuatro años, el número de escuelas y alumnos se ha duplicado. Tales cifras deberían dejar sin argumentos a aquellos que, mezquinos o poco lúcidos, no perciben que el país está en medio de una ola imparable de crecimiento y bonanza que lo conducirá al desarrollo en pocos años. No obstante, reafirmando ese viejo axioma sociológico que aconseja revisar la historia para no repetir los errores cometidos, esperamos insertar alguna dosis de reflexión y espíritu crítico en el coro unánime de la hinchada gobiernista. Las cifras de marras no corresponden al presente, sino al periodo de la llamada República Aristocrática, a algunos tramos del lapso comprendido entre 1895, cuando Piérola asume el poder, y 1919, cuando Leguía da un golpe de Estado y no solo acaba con la primavera democrática sino que da pie al surgimiento de los movimientos sociales de izquierda que, mal que bien, jaquearon todo intento de ejecutar la modernización liberal –que ya entonces se imponía– hasta casi finales del siglo XX. Guardando las distancias, un ciclo semejante al referido se inaugura cuando el gobierno de Fujimori desmantela, en algunos casos con una inteligencia institucional sorprendente y, en otros, con una torpeza inusitada, el viejo Estado populista. Merced a las reformas emprendidas en la década de los 90 y a la inteligencia política de Alejandro Toledo y del propio Alan García de no desviarse de la ruta trazada, los más de 15 años de continuidad de un modelo parcial de mercado rinden hoy sus frutos. Pero, hoy como ayer, si el país no logra convertir la bonanza en crecimiento sostenido e inclusivo, no pasará mucho tiempo para que se repita el descalabro. Para eso se necesita un gran liderazgo político, una mano firme que señale el destino y convenza al pueblo de que hay luz al final del túnel y que hacen falta decenas de reformas. Se necesita un Castilla o un Piérola. Pero García parece satisfecho con administrar el presente, haciendo de su segundo gobierno el equivalente a uno de los tantos que la derecha ha tenido en nuestra historia. Puede sonar exagerado, pero no deja de ser sintomático que, en medio de la peor crisis económica del planeta en el último siglo, nuestro presidente parezca depositar sus principales desvelos no en pensar cómo superar el bache y hacerse acompañar por las mayorías. A falta de carnavales, él organiza su Teletón. En lugar del líder histórico que consolide la revolución capitalista en ciernes, se contenta con terminar el año siendo nuestro Don Francisco.