Opinión | Sáb. 16 may '09

Se les cayó la careta

Autor: Fritz Du Bois
Si cada vez que el Estado no nos hace caso, incumple su función o, simplemente, se queda paralizado, los ciudadanos nos levantamos en insurrección, viviríamos en un país en eterna convulsión. Por ello es absurdo el llamado a la insurgencia realizado por el autodenominado líder amazónico Alberto Pizango. Se trataría, más bien, de un intento desesperado por levantar la intensidad de la protesta ante la desidia burocrática, que ha permitido que esta crezca pese a que hace tiempo pudo solucionarse.

Incluso si al inicio del paro hubieran logrado una mesa de diálogo, habría sido una victoria. Ahora, eso les parece poca cosa pues apuntan a tumbarse al gobierno. En todo caso, el problema ya fue creado y la prioridad es solucionarlo. Luego de lograrlo, se debería cerrar, sin miramientos y en el acto, las ineficientes instituciones –Indepa, por ejemplo– que a todas luces han fracasado.

Lo que sí queda al descubierto es el verdadero objetivo de los cabecillas de este movimiento. Es claro que no se trata de defender los derechos de los nativos, sino de crear una corriente indigenista que lleve la política a las calles, en busca de repetir desmanes similares a los que derribaron a dos gobiernos bolivianos. Más aún, el apoyo del partido de Humala –conveniente cortina de humo para sus cuestionadas cuentas bancarias– da la impresión de que se tratara de un intento 'chavista’ por generar desestabilización.

Sin embargo, nuestra situación no es la de Bolivia de 2003 –que sufría de una aguda recesión–, por lo que sería improbable que estos llamados a la insurgencia prendan en el resto de la población. Aun así, se vienen días de creciente radicalización y el gobierno tiene, por tanto, que sacudirse, de una vez por todas, de esa complacencia que sigue demostrando.

Por otro lado, lo que es un escándalo que no debe pasar por alto es que una entidad con manejo y fines poco claros como Aidesep reciba tantos recursos de la cooperación. Aquí no se trata de imponer controles –que en el aparato estatal son un fracaso garantizado–, y menos aún de introducir censura, pues le daría en la yema del gusto al extremista. Pero sí se trata de informar a la comunidad internacional la verdad detrás de esta revuelta, para que dejen de financiar a quienes se venden como defensores de los pueblos amazónicos, pero que tienen, en realidad, oscuros motivos ulteriores.

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