Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
“Son las 4 y 15 de la madrugada”, afirmaba y, luego, encendía la luz y verificaba: las 4 y 15 y ni un minuto más ni un minuto menos. Siempre acertaba. Siempre, hasta que dejé de hacerlo. Los cambios horarios a los que obligaban mis frecuentes viajes y los años a los que obliga la vida cambiaron la perfecta sincronía entre algo que llamo –no sé si correctamente– mi 'reloj biológico’ o mi 'reloj pulsera’ o mi 'reloj despertador’. Saber la hora exacta en medio de la noche y la oscuridad es relacionarse con una porción de nuestro cerebro de cuya existencia no tenemos ni conciencia ni información. Me ha ocurrido pasar por chiflado primero, y por mago después, cuando respondía a la pregunta de “¿qué hora es?”, formulada en medio de la noche, con una cifra tan exacta como la del reloj. Al espontáneo “¿cómo sabes?” respondía: “Sigue durmiendo. En la mañana te explico”. Muchos creían que hacía trampas hasta que yo lograba convencerlos de que hay terrenos más trascendentes y lógicos para trampear, y que si hubiera elegido hacer trampa, habría optado por un truco más vistoso. La explicación nunca llegaba, al menos de manera convincente, porque nunca supe cómo sabía. He leído sobre el tema y no hallo respuestas que me convenzan. Dicen que en el cerebro hay un reloj maestro que rige varios de nuestros mecanismos básicos. Es capaz de generar un orden temporal en las actividades del organismo. Y eso es comprensible: en condiciones normales vamos al baño o sentimos hambre o sueño generalmente a la misma hora. Pero que yo supiera la hora que es en medio de la noche, ese es otro tema. Dicen que en algún nivel de nuestro cerebro registramos los latidos del corazón, y vaya uno a saber por qué extraños caminos esto va a otro circuito neuronal que lo registra vinculado con la hora exterior. Tantos latidos, tantos segundos, etc. ¿Será por eso que a veces me levanto muy cansado? No cualquiera se pasa la noche contando latidos. A los sesenta años, aproximadamente, mi reloj biológico se descompuso y lo di por muerto. A los setenta ha resucitado y tres de cada diez veces sé la hora exacta. Otras me equivoco con cifras que deberían avergonzarme si tuviera facilidad para ello. Pero un tipo que anda por la vida hablando descaradamente todos los sábados de su vida interior y exterior no puede ser muy sensible a la vergüenza fácil y, por lo tanto, el tema del reloj íntimo no me altera. Lo que me irrita es que, de todo este tipo de dones no tradicionales en el que deben entrar actividades tan extrañas como la telepatía, la clarividencia, los sueños premonitorios, el movimiento de objetos a distancia, etcétera, me viene a tocar una que solo me la puedo demostrar a mí mismo o a una eventual compañía en el dormitorio. No me imagino un circo que me contrate con un buen sueldo solo para dormir y dar la hora. No hay forma de transformar esta habilidad en una fuente de recursos. Sé que ese oficio no corresponde a mi vocación, y sé que no aporta nada nuevo pero, al menos, luciría descansado.