Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Hugo Chávez amenaza con pulverizar las leyes del mercado a punta de fusiles y balazos. El antiguo debate entre los defensores del mercado y los planificadores iluminados se cancela con la osadía intelectual del presidente llanero. Luego de devaluar en 50% el bolívar y confirmar dos tipos de cambio (recuerdo triste del dólar MUC), los venezolanos salieron a comprar todos los productos vinculados a la importación y, como en Venezuela casi todo se importa, los precios reventaron y el presidente venezolano echó mano de su arsenal ideológico: amenazó con expropiar a los comerciantes y nacionalizar los negocios a “favor de los trabajadores”. Mao y Stalin sonrieron en sus sepulcros. Pero hay más noticias sobre el socialismo bolivariano. En Caracas se racionará la electricidad de los vecindarios, los servicios de semáforos, terminales de pasajeros y escuelas. Unos días antes, el corte había llegado a los establecimientos comerciales. El Gobierno quiere ahorrar un 20% de energía. Para explicar el déficit energético no se necesita doctorados en Harvard: no hay inversiones en el sector eléctrico. Y aquí viene la increíble paradoja: Venezuela se ha proclamado “antiimperialista y territorio liberado en América Latina”; sin embargo, una pulmonía del imperialismo yanqui puede derribarse a Chávez. El país llanero, gracias a la potencia teórica del socialismo bolivariano, prácticamente se ha convertido en monoexportador de petróleo y múltiple, desesperado, importador de casi todos sus bienes y servicios. El capital de Marx y sus teorías sobre la productividad convertidas en puré por la brillantez chavista. Y como China y Estados Unidos consumen menos por la recesión, el valor del petróleo desciende con rapidez. Los economistas opositores al chavismo señalaban que un barril de petróleo a menos de 75 dólares era una bomba atómica, pero el presupuesto llanero de este año contempla un promedio de 40 dólares por barril y, como se aprecia con nitidez, la noche ha caído sobre Caracas. Este cuento es demasiado conocido. Nos pasó lo mismo con Velasco y con el primer aprismo. Las desgracias de los venezolanos se parecen demasiado a nuestras penurias del ayer. Se trata de la misma soberbia, del mismo yerro que se comete cada cierto tiempo. Nos creemos que lo sabemos todo, que existe una verdad que solo basta cogerla y, por lo tanto, nos sentimos capaces de reemplazar la información de millones de consumidores y compradores en el mercado. Es la soberbia del socialismo real de antes, pero también es la soberbia de las corporaciones de Wall Street que vaticinaron el paraíso terrenal y planificaron el crecimiento del mercado, una planificación que explica la hemiplejia del capitalismo de hoy.