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Santa pederastia, Batman

2010/04/04
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Ocurre desde hace mucho. Por oleadas esporádicas. Como espaciadas en el tiempo. Sin embargo, últimamente, la cosa viene como un desangre atroz. Como el desborde de un río. Me refiero a la pederastia eclesial. A la pedofilia de las sotanas. Pues sí. Las denuncias han arremetido con todo y sin pedir permiso en los medios europeos y norteamericanos. Los casos se multiplican como si hubiesen sido perpetrados en serie. Y ahí están. Australia. Estados Unidos. Irlanda. Holanda. Italia. Alemania. Austria. La vaina está que arde, y el mismísimo Benedicto, previsor él, ha decidido, por si acaso, pasear en el papamóvil de las lunas blindadas. No vaya a ser que una de las víctimas quiera tomarse la justicia con sus propias manos. Curiosamente, por acá, en Perulandia, con las excepciones respectivas, las informaciones sobre estos escandalazos han sido bastante discretas. Y los señores de alzacuello, qué quieren que les diga, los señores de alzacuello de estos lares, no saben, no opinan. Su máxima autoridad, el cardenal, nos quiere llevar otra vez al tema de la píldora, y hasta ha pedido que boten al ministro de Salud, cosa rara porque el primado NUNCA se mete en política. Pero de lo otro, nada. Silencio. Silencio elocuente. Silencio espeso. Silencio administrativo. Y así, en esta Iglesia Católica de discursos antiabortistas y cómplices encubrimientos de pedófilos entre sus filas, poblada por sinvergüenzas retorcidos que han hecho de la confianza depositada por sus fieles un puerco festín, las grietas se abren y comienzan a mostrar un rostro enfermo, fétido, putrefacto. Pero bueno. Las cosas como son. Ahora confieso que cuando leí las declaraciones de Charles Scicluna, el promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, algo así como el fiscal del tribunal del antiguo Santo Oficio, me removió un poco la indignación, que queda, ya saben, en el lugar donde se encuentra el hígado. Scicluna trataba de justificar el silencio oficial de la curia, la omertá, que es lo que se le señala hoy a la Iglesia. “El secreto sirve para proteger la buena fama de las personas involucradas; en primer lugar, de las víctimas; y después de los clérigos acusados”, fue lo que, palabras más, palabras menos, dijo el prelado. Y añadió: “A la Iglesia no le gusta la justicia concebida como un espectáculo”. Más todavía. Scicluna reveló, sin percatarse de su impudicia, que en el 20% de los casos denunciados internamente se produce una sanción penal o administrativa. Un 10% de los casos queda en nada, debido a que los curas abusadores, antes de que se abra la investigación, piden –para salvarse, obviamente– la dispensa de sus obligaciones sacerdotales. Y solamente en un 10% de los casos intervino directamente el Vaticano para dimitir a los victimarios. Diez por ciento apenas. Una broma, o sea. Y en el restante 60%, qué creen, pues no pasó nada, no hubo sanción, no hubo siquiera proceso alguno “debido a la avanzada edad de los acusados”. Únicamente se les pidió a los pederastas ensotanados que recen más y que lleven una vida más retirada. Punto. Punto final. Murió el payaso. Pasemos la página y vamos todos a misa, que se hace tarde. Vaya. Ni Poncio Pilatos se lavó las manos tan prolijamente como lo hace la Iglesia Católica. Y me van a disculpar que cite las escrituras, pero aquella frase proferida por Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí”, retumba en estos días, no como un llamado a la inocencia, a la candidez o a alguna forma limpia de mirar la vida, sino en boca de estos apañadores, con pinta de lobos rapaces disfrazados con pieles de cordero, goteándoles el colmillo, suena como un llamado al desenfreno de sus bajos instintos. Y aquí me detengo, porque, la verdad, provoca salir corriendo descamisado en plan Clark Kent, buscar una cabina telefónica para enfundarse el traje rojiazul, para volar en busca de esta panda de degenerados con el propósito de enviarlos a otra galaxia. En fin. Si en el Vaticano primase el sentido común, ya estarían discutiendo un cambio de visión sobre la soltería forzosa que llevan sus clérigos y sus laicos consagrados, pues el celibato, como está demostrado en la historia de la Iglesia, se estableció en un concilio anacrónico, y desde que se creó como institución, prácticamente no se cumple (y aquí estoy considerando a la paja, ¿eh?). Y me van a perdonar que lo diga en plena Semana Santa, pero como lo resume bien Fernando Vallejo: “El semen atrancado vuelve cruel al ser humano”.