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El rostro visible de la traición

2009/11/17
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“Nuestra tierra es el lugar donde hemos nacido, sufrido y soñado...”. Los terapeutas tratamos de darle sentido al malestar psíquico consciente e inconsciente del individuo en la intimidad de nuestros consultorios. Sin embargo, ¿cómo no tratar de encontrar significaciones a tantos hechos condenables que día a día ocurren en nuestra sociedad? En este caso, tomaré como pretexto la acusación de espía traidor al suboficial Víctor Ariza, por haber vendido información estratégica a Chile. El traidor es, probablemente, la figura más aborrecida para el ser humano. Tan despreciable que Dante Aligheri, en La Divina Comedia, le asigna el círculo más profundo del Infierno, la peor de las condenas: ser comido por el mismo demonio. Ni el diablo quiere verlo. Ariza vendría a ser, a la larga, un representante de los peruanos que han traicionado y traicionan el compromiso de lealtad con la tierra que los vio nacer y los cobija, o sea, con nuestra Patria. La relación de un ser humano con su tierra podría ser equiparada al vínculo estrecho entre hijo y madre. Muchos exiliados o deportados abandonan acongojados su tierra llevando consigo aunque sea un puñado de ella, como si el vínculo con esa arcilla fuera casi biológico. ¿Solo traicionan a la patria los que venden información? ¿Y los que hacen faenones en licitaciones públicas? ¿Y los que se llevan las donaciones de los damnificados de Pisco? ¿Y los 'comepollo’ y 'planchacamisas’? ¿Y los que contratan empleados 'fantasmas’? ¿ Y los maletines con y sin video? La traición es execrable y, si se prueba en Ariza, debe ser severamente castigada, pero no servir ni de cortina de humo ni de pretexto para comprar armas o armarnos de odio escapando de la prioridad mayor: apostar por el bienestar general.