Sociedad | Sáb. 16 ene '10

Rosario era la novia de Sandro

Autor: Guillermo Giacosa
Cuando murió Mercedes Sosa, sentí que desaparecía una parte de nuestra historia. No pude, ni por un instante, dejar de asociar a 'La Negra’ querida con todos los padecimientos políticos que atravesó la Argentina y, naturalmente, con mis propios padecimientos que estaban vinculados al acontecer político. Era una época en la que nos era imposible vivir de espaldas o aislados en nuestra pequeña experiencia de quehacer comunitario. El trabajo social, que era nuestra tarea fundamental, perdía sentido si no se asociaba a las transformaciones políticas que planteaba el peronismo por aquellos tiempos. 'La Negra’, siendo una mujer identificada con sectores de izquierda más orgánicos que los que representaba el peronismo, era, sin embargo, un referente que nos unía a los sectores relativamente privilegiados de la sociedad, aquellos a los que la izquierda llamaba 'pequeños burgueses’. El pueblo llano, sin embargo, no se apasionaba por Mercedes y prefería a Horacio Guarany en el folclore, a Palito Ortega y Billy Caffaro en los bailes, a D’Arienzo, De Angelis y Canaro cuando de tango se trataba, y a Sandro –recientemente llorado por sus fans– cuando la tarea era honrar el amor o, simplemente, volver a enamorarse.

Yo, que vivía en un barrio obrero, tenía grandes conflictos entre mi indiferencia por Sandro, Palito y Guarany, mi elección de la Sosa y Piazzola y, sobre todo, mi gusto por la música clásica. Este último era absolutamente incomprensible para mis vecinos. Cada vez que escuchaban que yo estaba entregado a Bach o a Haendel, partía una patrulla de rescate para salvarme de mi 'depresión’. Ni hablar cuando me encontraron escuchando cantos gregorianos. Ese día pensaron que lo mío era serio y que debía ver a un médico. Nunca malinterpreté su generosidad y su cariño, pero jamás olvidaré toda la rabia que debía contener cada vez que me interrumpían creyendo socorrerme.

Ahora, con la muerte de Sandro –que me apenó pues era un buen tipo–, descubrí que Rosario, mi ciudad, fue la primera ciudad en la que se empezaron a difundir sus discos. Era el tiempo de Sandro y Los de Fuego. Contaba el mismo Sandro: “Me acuerdo que llegamos a Rosario una tarde con un muchacho llamado Jorge Domínguez, en un micro. Serían las seis de la tarde, estaba lloviznando y la ciudad se veía gris. Yo traía un 'piloto’ que me lo había medio camuflado; era uno viejo que había conseguido, y le saqué los botones y el cuello y lo hice medio francés, onda de la película Los Primos. Era la primera vez que venía a Rosario y me acuerdo que dije: 'A mí me va a ir bien acá’. Estaba todo gris, parecía una película. Veníamos a promocionar un disco. Bajamos en la estación Mariano Moreno. Era el año 1963, y como pensé que 'acá me va a ir bien’, me empezó a ir bien. Después me trajeron con Los de Fuego, en tren. Se armó un despelote tan grande aquel día. Y la sensación fue que en la estación se rompió todo. Entonces, empezó una historia con Rosario. Y, por eso, ahora digo que Rosario es mi novia”.



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