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Rinoceronte de 50 años

2007/11/19
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Las comedias y farsas de Ionesco que prefería eran las que jugaban, literalmente, con tales fórmulas y que no tenían una justificación más allá de ese nivel. Si Rinoceronte me gustó menos entonces que las otras piezas del autor era seguramente porque percibía que detrás del texto había un mensaje, una lección moral por aprender. Ahora, exactamente cincuenta años después de su estreno en París, me doy cuenta de mi error y de mi falta de comprensión: con esa pieza, Ionesco estaba dando un giro sustancial a su teatro e iniciaba una etapa de madurez, en la que la preocupación humanista y social pasaba a ser parte de su visión. Acabo de ver la obra en Filadelfia, en una puesta muy convincente de un grupo semi-profesional de la ciudad. Es importante decir primero que la pieza luce intacta, y quizá mas lúcida que en su tiempo, lo que para un texto teatral escrito hace medio siglo es raro: el teatro suele durar menos que otros géneros. El comienzo resulta familiar: la habitual charla que se apoya en lugares comunes cuya lógica viciada nos hace reír porque la reconocemos de inmediato; es la misma que usamos todos los días para (pese a todo) comunicarnos. El diálogo inicial entre Berenger y su amigo Jean es un jocoso ejemplo de esa fundamental falla de nuestro lenguaje, con un trasfondo de irritante incomprensión que bordea la agresión. Pero, de pronto, hay ruidos extraños y gritos de pánico en la calle: han visto pasar nada menos que a un rinoceronte. La puesta subraya hábilmente el plano de lo extraordinario o increíble usando títeres y la silueta de la fiera proyectados tras una pantalla. Al absurdo verbal se suma el de la realidad misma, alterada por un hecho imposible de aceptar o someter a la razón, pese a los esfuerzos de un solemne lógico, que se enreda tratando de establecer si se trata de uno o dos rinocerontes, con uno o dos cuernos, si venían de Asia o de África, etcétera. La situación va en crescendo, volviéndose cada vez más amenazante, pero sin perder un filo cómico. De manera inexorable, la presencia de los animales va alterando la vida de la ciudad y la vida privada de sus habitantes en grados diversos, pues unos tratan de negar las evidencias y otros la aceptan como algo inevitable. En la segunda parte de la obra vemos en escena la primera transformación de un hombre en rinoceronte, una bestia que atropella todo a su paso y destruye el concepto mismo de la condición humana. Las monstruosas metamorfosis se multiplican rápidamente y por todas partes. Pronto parece que hay más rinocerontes que hombres y que estos son una excepción. Quizá los verdaderos monstruos son los hombres que aún no se han convertido en animales. Hay una terrible distorsión del mundo en esta pieza que ahora, quizá más que antes, resulta evidente: esa imagen de barbarie irracional e incontenible alude al clima propio del totalitarismo, en las formas históricas que adoptaron el fascismo y el comunismo en el siglo XX. La alegoría de Ionesco, que había vivido bajo el ominoso régimen de Ceaucescu, cubre todos los flancos posibles, desde la falsificación del lenguaje hasta la brutalidad como último argumento ideológico; es decir, el mundo al revés que solo podía denunciar y ridiculizar desde el exilio. En la intolerante realidad que hoy vivimos, su burla tiene la más aterradora actualidad.