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El rey del antro

2009/12/20
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Como una deidad penate, se alza su mandamás, Luis Alva Castro, el rey del mambo, il capo di tutti i capi, el heraldo de Galactus. Pensó que no lo iban a ampayar. O quizás ni le importó. Alva Castro se gasta más neuronas en hacer lo que le viene en gana que en activar su sentimiento de culpa y su capacidad de arrepentimiento. Pero él no los tiene. Ni culpa, ni arrepentimiento. Así de simple. Le basta con tener una bancada y un consejo directivo que le sirvan de escudo, de blindaje, de caparazón, de cercado de púas que evite que le toquen. Ese cerco vivo le da la certeza de que, aun cuando lo descubran con las manos en la masa, o desviando fondos para un show privado, no habrá sanción. Ninguna. Porque además del cobijo de su séquito leal y cerril, cuenta con la protección del mismísimo dios, quien con voz tonante ha acusado a la prensa de perderse en “chismes de quinta de barrio”, y la ha conminado a que se dedique a “lo central”. ¿Y qué es lo central?, preguntamos desde esta insignificante columna. Y nuestra divinidad embarrilada, que no necesita aparecerse en una zarza ardiente, porque no cabe, ha sentenciado: “Tengan confianza todos los peruanos, incidentes hay, problemas en el Parlamento, problemas de noticias momentáneas, pero esa es la décima parte de lo que importa al Perú del futuro”. ¿Noticia momentánea? ¿Pequeño incidente? ¿Apenas un problemita congresal? O sea, el mensaje es: “Miren, señores periodistas, no se preocupen ustedes de que el Congreso esté hecho un asco, y de que su presidente haya incurrido en un caso de malversación o peculado con fondos estatales. Vamos a olvidarlo y a procurar no enredarlo más. Y aquí reunidos, mientras los legisladores falsifican facturas, les recortan ilegalmente el sueldo a sus asesores para cobrárselos ellos, contratan asesores fantasmas (o, en su defecto, a la empleada doméstica), roban energía eléctrica, difaman amparándose en su inmunidad, adulteran sus hojas de vidas, liquidan perros, encubren sus militancias terroristas, le dan tribuna a subversivos en el Parlamento, viajan en góndola con nuestros impuestos. Así, nosotros, en un mundo aparte, vamos a hablar de la manera increíble en que el Perú está creciendo –y, sobre todo, avanza–, de la envidia que nos tienen los otros países de la región, del magnífico negocio que sería para el Estado la compra de tanques chinos, de la magnanimidad que encierran los indultos, y de todas las bondades que tiene este gobierno. Y nos vamos a reír de los críticos y analistas aguafiestas, que siempre están dando la lata y buscándole tres pies al gato. Mejor todavía, no les vamos a hacer ni puto caso”. Y fíjense. Está funcionando. El Congreso, por lo pronto, ya lo exculpó. “Fue un lamentable error, en el esfuerzo de mejorar la imagen del Parlamento”, dijo uno de los que habitan en la Cueva. “La entrega de quince mil dólares a la empresa de Fabiola de la Cuba se trató de una actividad cultural. Es como si se hubiese publicado un libro”, dijo un miembro de la banda. “Acá lo que hay es una campaña para dañar la imagen del Parlamento”, dijo otro mantenido orgánico desde los púlpitos tronantes de Abancay. Por Zeus. No sé usted, pero yo a veces me siento como el general Custer, totalmente rodeado y sin salida. La pregunta es: ¿Hay algo que podamos hacer para librarnos de esta panda de desubicados? Encima nos obligan a llamarlos “congresistas”, y la verdad es que para mí son como una barra brava pero con licencia social. Porque no me digan que, mientras uno declara alguna paparulada que agrede la propiedad privada o al sentido común, otro de sus colegas le espera fuera con el auto en marcha, al estilo Bonnie y Clyde. Porque así son. Chupópteros. Políticos piltrafas. Advenedizos de chirigota. Regentados, además, por un buda para el que la democracia es sinónimo de descaro y venalidad. Post scriptum: Que me perdonen Bedoya, Bruce, Galarreta, García Belaunde, Hildebrandt, Lombardi, Morales, Mulder, Pérez del Solar, y Valle Riestra, que, como verán, cito en orden alfabético, señal de que he revisado la lista congresal como un mono expulgando a un colega, o, si prefieren, en plan Abraham buscando una puñetera decena de justos en Gomorra.