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Política | Sáb. 19 jul '08
Resilencia
Hace dos noches me abordaron con una pregunta muy simple. ¿Qué le hace sentirse orgullosa de ser peruana? Querían una respuesta corta y ya iba a dar una rápida y efectista para salir bien del apuro, pero dudé, y le pedí a mi entrevistadora que me dejara pensarlo. Unas horas después recordé la entrevista de este miércoles con Rosa Rojas y encontré mi respuesta.
Rosa es la madre de Javier Ríos, un niño que a los 9 años murió acribillado, junto con su padre Manuel y 13 personas más, en el Jirón Huanta de Barrios Altos. Hace 16 años Javier fue asesinado por el comando Colina y murió en los brazos de su mamá. Esa espantosa noche algunos agentes ingresaron al solar sin taparse la cara. Tal era su sentido de impunidad. Rosa vio los rostros de tres de ellos y, poco tiempo después, los reconoció en una revista que ponía al descubierto la identidad del comando.
Rosa no tenía familia ni dinero para mudarse y huir con sus dos hijas, que en 1991 tenían apenas 9 meses y 5 años. Se quedó a vivir en el mismo lugar y sacó adelante a las niñas con el mismo carrito de helados con el que trabajaba su esposo en la Plaza Italia.
No hubo reconocimiento, ni investigación, ni perdón. Solo terror. Porque Rosa los había visto. Lo sabía ella y lo sabían ellos. Y puntualmente recibió durante años las amenazas suficientes para callar. Solo muchos años después, con los Colina ya presos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos respaldándola, le contó al fiscal lo que vio. Este martes, en pleno proceso a Fujimori pudo decirlo por primera vez en público. Necesitaba hacerlo como quien necesita respirar para seguir viviendo.
Después de tantos años de silencio, la pena acumulada en el fondo del alma seguía intacta, pero la indignación había crecido transformándola y dándole el valor necesario para mirar de frente a los asesinos de su familia.
Rosa es un ejemplo de resilencia. La palabra no está en el diccionario. La psicología la tomó prestada de la ingeniería para describir el potencial de personas que, sometidas a circunstancias graves, amenazantes y dolorosas, pueden transformar el dolor, conservar la integridad y reconstruir una vida con esperanza.
¿De qué me puedo sentir orgullosa? De la extraordinaria capacidad de resilencia de Rosa y de miles de peruanos que, a pesar de enfrentar las circunstancias más dolorosas de muerte, exclusión, terror o injusticia, y solo por haber nacido en una sociedad quebrada y sin Estado, luchan y transforman la adversidad logrando vidas ejemplares.
Los veo todos los días. Hombres y mujeres, niños y ancianos, pobres y ricos. Hay toneladas de resilencia en el Perú para que todos podamos sentir orgullo.
Rosa es la madre de Javier Ríos, un niño que a los 9 años murió acribillado, junto con su padre Manuel y 13 personas más, en el Jirón Huanta de Barrios Altos. Hace 16 años Javier fue asesinado por el comando Colina y murió en los brazos de su mamá. Esa espantosa noche algunos agentes ingresaron al solar sin taparse la cara. Tal era su sentido de impunidad. Rosa vio los rostros de tres de ellos y, poco tiempo después, los reconoció en una revista que ponía al descubierto la identidad del comando.
Rosa no tenía familia ni dinero para mudarse y huir con sus dos hijas, que en 1991 tenían apenas 9 meses y 5 años. Se quedó a vivir en el mismo lugar y sacó adelante a las niñas con el mismo carrito de helados con el que trabajaba su esposo en la Plaza Italia.
No hubo reconocimiento, ni investigación, ni perdón. Solo terror. Porque Rosa los había visto. Lo sabía ella y lo sabían ellos. Y puntualmente recibió durante años las amenazas suficientes para callar. Solo muchos años después, con los Colina ya presos y la Corte Interamericana de Derechos Humanos respaldándola, le contó al fiscal lo que vio. Este martes, en pleno proceso a Fujimori pudo decirlo por primera vez en público. Necesitaba hacerlo como quien necesita respirar para seguir viviendo.
Después de tantos años de silencio, la pena acumulada en el fondo del alma seguía intacta, pero la indignación había crecido transformándola y dándole el valor necesario para mirar de frente a los asesinos de su familia.
Rosa es un ejemplo de resilencia. La palabra no está en el diccionario. La psicología la tomó prestada de la ingeniería para describir el potencial de personas que, sometidas a circunstancias graves, amenazantes y dolorosas, pueden transformar el dolor, conservar la integridad y reconstruir una vida con esperanza.
¿De qué me puedo sentir orgullosa? De la extraordinaria capacidad de resilencia de Rosa y de miles de peruanos que, a pesar de enfrentar las circunstancias más dolorosas de muerte, exclusión, terror o injusticia, y solo por haber nacido en una sociedad quebrada y sin Estado, luchan y transforman la adversidad logrando vidas ejemplares.
Los veo todos los días. Hombres y mujeres, niños y ancianos, pobres y ricos. Hay toneladas de resilencia en el Perú para que todos podamos sentir orgullo.
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