Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Lo impuro, lo contradictorio, lo integrado, siempre van a resultar, en el arte y en la vida que lo imita, superiores a lo absoluto, lo puro y lo radical. El maravilloso pequeño libro de Diego Alonso Sánchez, Por el pequeño sendero interior (Ediciones Lustra), es una crónica de viaje pero también un conjunto de prosas, relatos y poemas. No es una coexistencia sino una mezcla de géneros que crea un universo. Sus fragmentos como La provincia del arroz nos ofrecen, en su brevedad y capacidad de sugestión, un universo que se queda con sus lectores. El arte de integrar contrarios, de fusionar géneros, tonos, texturas, y ritmos requiere de una intimidad previa con todos sus elementos. El viernes pasado vi el espectáculo con el que Ernesto Hermoza clausuró el Festival de Flamenco del ICPNA de Miraflores, que organizó Fernando Torres. Hermoza usa el ritmo del flamenco que viene del sur de España, pero antes de Hungría, de Rumanía y la India, que ya es una mezcla de Oriente y Occidente, y lo integra con armonía a los huaynos y ritmos costeños. Por momentos, en su concierto aparece una sugerencia de ritmos negros como Toro Mata. Es un flamenco con huayno y un vals con bulerías que se toca con cajón, bajo eléctrico, guitarra y charango. ¿Por qué preferimos este arte que lo abarca y lo fusiona todo? Creo que porque es el que mejor representa la vida, esa gran mezcla, si es que hay alguna.