Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Eso quería contarles: cómo, de repente, un polvo me cambió el estado de ánimo y me puso en estado de sol mayor filosófico. Estaba frente al televisor y, en su pantalla, dos señores –en Tucumán, Argentina– abrían una caja de madera y lanzaban al vacío un polvo gris matizado por lo que parecían algunas piedritas más oscuras. Luego, y como preguntándose “¿qué es esto, qué hemos hecho?”, se abrazaban llorando, mientras un grupo de personas entonaba la zamba Luna tucumana. Ese polvo era parte de lo que fue Mercedes Sosa. Volvía así la Negra querida a confundirse con el universo. Pensé lo que se suele pensar cada vez que asistimos a una ceremonia que nos muestra, descarnadamente, el ineludible destino. Vino a mí, como siempre, el “tanto amor y no poder contra la muerte” de Vallejo, pero también vinieron un cúmulo de trivialidades que, sin ocultar las palabras del poeta, me trasladaron del estado de angustia existencial leve al estado de vergüenza activa. Me vi frente al televisor padeciendo por el Uruguay-Argentina, haciendo trámites burocráticos para satisfacer leyes que, por anacrónicas, no cumplen otras funciones que las de entorpecernos, preocupándome superficialmente –pero preocupándome– por la nueva arruga o la nueva mancha que los años han depositado en mi cuerpo, llenando mi hígado de impotencia por los sucesos de Honduras, maldiciendo las estúpidas mentiras con las que se envenena el alma de la gente... y me pareció que todo, todo, era como un gran espectáculo destinado a borrar de nuestro horizonte el instante, ubicado en algún lugar de nuestro futuro, en el que alguien que te quiere mucho va a abrir la misma caja que abrieron esos hombres en Tucumán y van a lanzar las mismas cenizas que volverán al mismo universo donde ya no habrá más yo, ni nosotros, ni Mercedes, ni Uruguay-Argentina, ni trámites burocráticos, ni adrenalina destinada a cubrir y ocultar el vacío que vendrá y que, felizmente, nunca percibiremos. Como decía Epicuro –creo–: “Cuando el hombre es, la muerte no es, y cuando la muerte es, el hombre no es”. En suma, solo nos cruzamos en el instante final y, luego, cada uno a lo suyo. Ya puede la muerte seguir cosechando –que es lo que le gusta y, según las estadísticas, le sale de maravillas–, y nosotros, a no ser más nosotros o a serlo solo en el recuerdo de quienes nos han querido. Mientras tanto, hay que vivir. Y vale la pena hacerlo. Con sus recuerdos los más viejos, con sus proyectos los más jóvenes. Sin prisas. Sin esas estúpidas propuestas que tanto impactan y presentan la vida como una maratón en la que solo puedes ser feliz si cumples tus metas. Hasta te hacen escribir tu epitafio para mostrar al mundo que incluso, en el más allá, eres un cadáver feliz, un triunfador horizontal y hasta un campeón hecho polvo. Dependerá de cuáles han sido tus metas. No hay respuestas. La mía, muy modesta, ha sido sentir que somos parte ínfima del océano de la vida, y que protegerla y cuidarla en todos los seres que la poseen es nuestra responsabilidad.