Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Keiko Fujimori acaba de trepar en las encuestas y pelea codo a codo el primer lugar con Luis Castañeda. ¡Dios mío, qué está sucediendo! Algunos analistas prefieren no mencionar el tema por temor al mazazo izquierdista. ¿Qué puede haber pasado para que los herederos del gobierno que se desplomó por la corrupción y la violación de DD.HH ahora aparezcan con posibilidades? La respuesta es simple: la ceguera y frivolidad de la clase política. Una de las vigas maestras del maravilloso proceso chileno es la manera cómo saldaron cuentas con el pasado. Los democratacristianos, socialistas y la propia derecha separaron la paja del grano del pinochetismo: acabaron con la dictadura, las violaciones de DD.HH. y la corrupción, pero recogieron y perfeccionaron el modelo económico heredado. Hoy, Chile es la Suiza de América Latina. En el Perú se enterró a la dictadura, se procesó a los corruptos, se atrapó a los violadores de DD.HH, pero se volteó la cara y se cerró los ojos ante el modelo social del fujimorato. Al margen de las plagas bíblicas que desencadenó, el régimen de los noventa estableció una alianza entre los ricos, el estado y los pobres. Luego de destrabarse la economía los negocios florecieron y, entonces, el gobierno cobró impuestos a los empresarios y con ese dinero fue a la provincia más alejada a realizar obras. No sólo se desarrollaron libertades macroeconómicas para el sector moderno sino que se trazaron las líneas de un estado provinciano y social. El toledismo padeció de esqui-zofrenia política. En el afán de expandir las libertades negó el modelo económico que continuaba y defendía con uñas y dientes. Pero se olvidó de que el estado, por primera vez, había arribado a la puna más alejada. Se hizo macroeconomía moderna, pero se restauró la política costeña y urbana de los ochenta. La gente evaluó al nuevo régimen y lo comparó con los programas sociales de los noventa y el resultado natural fue la emergencia de Ollanta Humala y casi nos desbarrancamos en la catástrofe. El alanismo también continúa con la macroeconomía moderna de los noventa, pero la obra social que lo viene caracterizando es el proyecto de la costanera. Falta estado en la provincia, falta presencia en la altura excluida. Los electores vuelven a evaluar y a comparar y, otra vez, Ollanta aparece fuerte y Keiko vuelve a despertar simpatías. Con cualquier lente que se observe la realidad, las últimas encuestas revelan la ceguera de la clase política para enjuiciar el pretérito, desarrollar un estado social eficiente y, sobre todo, frivolidad y más frivolidad. Aún hay tiempo para que las instituciones se reencuentren con los excluidos del mercado. No puede ser que la libertad y la democracia se distancien de sectores que definen las elecciones.