Domingo 27 de mayo del 2012 | 23°
Mis padres ni siquiera concebían la idea del castigo físico. Jamás, salvo aquel cura chiflado, neurótico y reprimido que me dio una cachetada cuando yo tenía 10 años, nunca más, hasta hoy, fui golpeado por nadie de mi entorno. Tuve algún intercambio de trompadas: uno mientras cumplía el servicio militar y otro con un vecino borracho de mi edificio aquí, en Lima, pero la violencia no solo no es mi estilo, sino que me daña más allá de lo que puedo controlar. Nunca, por supuesto, golpeé a nadie que estuviera en condiciones inferiores a la mía aunque, lo confieso, ganas no me han faltado. No obstante esa naturaleza no violenta, padecí muchos golpes, muchísimos, de Estado me refiero, como el que ahora acaba de producirse en Honduras. El primero, y no lo recuerdo, fue en 1943. Los militares derrocaron al presidente Ramón Castillo (igual que el peruano pero con o en lugar de a). Luego, ese sí lo recuerdo, el de 1955 que depuso a Juan Domingo Perón. Como parte de una familia profunda y reconocidamente antiperonista, festejamos y pasamos algunas noches muy inquietas cuando los partidarios del general depuesto se apoderaron de las calles. Transcurrieron muchos años, muchos viajes, libros, conversaciones y contactos con la Argentina real y profunda para que me arrepintiera de haber festejado aquella revolución que sus protagonistas llamaron “libertadora”, pero que fue una sucesión no solo de cadenas para los más pobres, sino de depreciación del país. En 1966, nuevamente los militares se enojaron con los civiles y, sin ningún argumento comprensible, bajaron del poder al honesto doctor Arturo Illia, un médico del partido radical de hábitos austeros y conducta republicana. Lo reemplazó una de las figuras más siniestras, torpes e irracionales de la historia argentina: el general Onganía, también conocido, gracias al humorista Landrú, como la 'Morsa’. Recuerdo que esa mañana salimos a la calle a comprar el diario El Mundo, donde cada mañana Quino, a través de Mafalda, editorializaba sobre el planeta y el país que nos habían tocado. En esa ocasión, la viñeta, que jamás vi reproducida en ningún libro del sabio humorista, estaba constituida por un solo dibujo donde una cara enorme, triste y desconcertada de Mafalda se preguntaba: “¿Entonces, eso que nos enseñaron en la escuela…?”. No pude contener las lágrimas ante el asombro de un quiosquero para quien, seguramente, Mafalda no representaba una conciencia viva de los tiempos que corrían. A Onganía lo sustituyó, en otro golpe dado por un tercero, un general desconocido que la prensa presentó publicando una foto carné del mismo. Se llamaba Levingston y, luego, fue sustituido por otro general (Lanusse, que divertía mucho a mis amigos franceses pues yo lo había traducido como L’anús que, en buen romance, quiere decir el ano). El último golpe me lo perdí por 12 días. Fue el de Videla, en 1976, y pintó la noche más oscura de la historia argentina. Muertes, desapariciones, torturas, en fin, lo de siempre. Lo que ahora, seguramente, está comenzando a ocurrir en Honduras.