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Política | Jue. 25 jun '09
¿Quieren adelantar las elecciones?
Los sucesos de Bagua, la reedición del 'Andahuaylazo’ y los bloqueos en la Carretera Central y en el Cusco, más allá de las actas firmadas por Yehude Simon, nos revelan que el encrespamiento social, antes que terminar, adquiere un nuevo impulso. El paso atrás del régimen en la Amazonía ha generado la impresión de un Estado tembloroso que puede ser empujado por cualquiera. Las plataformas locales y regionales demandan cosas justas, pero también exigen vacancia presidencial, derogación de la ley de aguas y la de la carrera magisterial.
Es verdad que la revuelta social y la emergencia de la turba no se pueden explicar por conspiraciones y complots. Finalmente, el Estado es la institución que nace para anular todas las emboscadas en su contra. Siempre las facciones contrarias organizan la celada, pero solo un Estado hemipléjico se derrumba ante la ofensiva contraria. Estas verdades valen para los estados con sistemas democráticos. De allí que la responsabilidad primera en la presente ingobernabilidad es la del propio régimen.
Sin embargo, en el análisis de coyuntura ya no se puede ignorar que los grupos bolivarianos pretenden adelantar las elecciones en el Perú y, en ese camino, cabalgan sobre las protestas sociales, radicalizan plataformas y métodos de lucha social. Pero, como el Perú no es Bolivia ni Ecuador, el objetivo inmediato de estos sectores es provocar una escalada represiva. Aprovecharse del dolor de los nativos amazónicos no les fue posible porque la mayoría de muertos la puso la Policía.
Carreteras tomadas y ciudades desabastecidas, con precios por los cielos, generarían tal irritación que la tentación de disparar se volvería enorme. Los bolivarianos solo necesitarían algunos muertos para crear la ficción de que el Perú es un régimen sangriento con fachada democrática. Recuérdese que Evo Morales se despacha a su regalado gusto diciendo que, después de Bush, Alan es algo así como la reencarnación del demonio.
La búsqueda incesante de la represión y de víctimas es la clave de esta estrategia. Se generaría tal sensación de anarquía, un régimen incapaz de contener el desborde social, ciudades estranguladas y, como para darle el empujón final al derrumbe del sistema, manifestantes muertos por la Policía y el Ejército en provincias alejadas.
De pronto, en el campo y la ciudad, la irritación se derribaría al Gobierno y se desencadenaría el adelanto de elecciones. Parece un guión de cine, una ficción del oficialismo, pero algunas facciones piensan así. De un desenlace de este tipo no resurge la democracia sino se funda una república bolivariana. Los plazos y el cronograma electoral en la democracia son la forma y el fondo. En la república chavista no es así.
Es verdad que la revuelta social y la emergencia de la turba no se pueden explicar por conspiraciones y complots. Finalmente, el Estado es la institución que nace para anular todas las emboscadas en su contra. Siempre las facciones contrarias organizan la celada, pero solo un Estado hemipléjico se derrumba ante la ofensiva contraria. Estas verdades valen para los estados con sistemas democráticos. De allí que la responsabilidad primera en la presente ingobernabilidad es la del propio régimen.
Sin embargo, en el análisis de coyuntura ya no se puede ignorar que los grupos bolivarianos pretenden adelantar las elecciones en el Perú y, en ese camino, cabalgan sobre las protestas sociales, radicalizan plataformas y métodos de lucha social. Pero, como el Perú no es Bolivia ni Ecuador, el objetivo inmediato de estos sectores es provocar una escalada represiva. Aprovecharse del dolor de los nativos amazónicos no les fue posible porque la mayoría de muertos la puso la Policía.
Carreteras tomadas y ciudades desabastecidas, con precios por los cielos, generarían tal irritación que la tentación de disparar se volvería enorme. Los bolivarianos solo necesitarían algunos muertos para crear la ficción de que el Perú es un régimen sangriento con fachada democrática. Recuérdese que Evo Morales se despacha a su regalado gusto diciendo que, después de Bush, Alan es algo así como la reencarnación del demonio.
La búsqueda incesante de la represión y de víctimas es la clave de esta estrategia. Se generaría tal sensación de anarquía, un régimen incapaz de contener el desborde social, ciudades estranguladas y, como para darle el empujón final al derrumbe del sistema, manifestantes muertos por la Policía y el Ejército en provincias alejadas.
De pronto, en el campo y la ciudad, la irritación se derribaría al Gobierno y se desencadenaría el adelanto de elecciones. Parece un guión de cine, una ficción del oficialismo, pero algunas facciones piensan así. De un desenlace de este tipo no resurge la democracia sino se funda una república bolivariana. Los plazos y el cronograma electoral en la democracia son la forma y el fondo. En la república chavista no es así.