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Política | Jue. 14 may '09
Un queso por un principio
Gustavo Gorriti (periodista e intelectual a quien respeto y admiro) me honra con una réplica (revista IDL) a un artículo que publiqué en esta casa editora sobre principios y contratos. Sostuve que los extremistas le han regalado la coyuntura al fujimorismo: se negó la celebración del triunfo nacional sobre Sendero, solo se presentó víctimas y se ocultó a los héroes.
También dije que el extremista existe por el fujimorista y el fujimorista existe por el extremista. Los seguidores del 'Chino’ cargaron con el regalo y, hoy, los radicales estiran la realidad para acomodar las interpretaciones. Afirmé que detrás de los extremismos estaba una visión principista y fundamentalista que negaba el pacto, la tolerancia. Hitler y Stalin serían inexplicables sin los radicalismos.
Desde que abandoné la izquierda, nunca me he acercado a un grupo político y menos a un gobierno. Siempre he escrito sobre ideas y procesos. Nada más. Pero, ¡basta de defensas! El fundamento político de La Ilustración y la democracia es el llamado contractualismo, y sus padres son Hobbes, Rousseau y Locke. Esta teoría sostiene que todos los individuos ceden una parte de sus principios a un soberano (el Estado). El nuevo contrato social, el nuevo pacto, es el resultado de “un regateo permanente entre todos”.
Thomas Jefferson, George Washington y James Madison tenían como libros de cabecera los textos de Locke, porque el gran ensayista vinculó el contrato social con la democracia y la propiedad. El contractualismo fue una viga maestra de la reforma protestante: separó el Estado y la Iglesia y los ciudadanos se llevaron sus principios religiosos a casa, los guardaron en la esfera privada y aprendieron a vivir en el espacio público o de “contratos regateados”: constituciones y leyes.
El contrato legal creó la cultura del pacto político: los cementerios se atiborraron de cadáveres en la Guerra de Secesión, pero los estadounidenses optaron por vivir juntos, y allí está la gran nación del norte. La inclemente y sanguinaria Europa hoy duerme con la placidez de los bebés gracias al pacto europeo. La España de Franco cayó y republicanos y fascistas se estrecharon la mano. Todos se guardaron los principios en sus bolsillos y “debieron vivir con el aborrecido regateo”.
Sostuve esos argumentos y Gorriti me acusa de crear interpretaciones para dinamitar a la corte que sentenció a Fujimori. Son los riesgos de discutir temas ideológicos y mezclarlos con la coyuntura. Luego del fin de la Guerra Civil Española, y después de tanta masacre, los falangistas y los republicanos regresaban en harapos a sus localidades y se bromeaban entre sí: te regalo mi queso de cabra por tus principios y tomemos un café. A todos aquellos principistas se solicita perdón por la herejía. No hay más espacio.
También dije que el extremista existe por el fujimorista y el fujimorista existe por el extremista. Los seguidores del 'Chino’ cargaron con el regalo y, hoy, los radicales estiran la realidad para acomodar las interpretaciones. Afirmé que detrás de los extremismos estaba una visión principista y fundamentalista que negaba el pacto, la tolerancia. Hitler y Stalin serían inexplicables sin los radicalismos.
Desde que abandoné la izquierda, nunca me he acercado a un grupo político y menos a un gobierno. Siempre he escrito sobre ideas y procesos. Nada más. Pero, ¡basta de defensas! El fundamento político de La Ilustración y la democracia es el llamado contractualismo, y sus padres son Hobbes, Rousseau y Locke. Esta teoría sostiene que todos los individuos ceden una parte de sus principios a un soberano (el Estado). El nuevo contrato social, el nuevo pacto, es el resultado de “un regateo permanente entre todos”.
Thomas Jefferson, George Washington y James Madison tenían como libros de cabecera los textos de Locke, porque el gran ensayista vinculó el contrato social con la democracia y la propiedad. El contractualismo fue una viga maestra de la reforma protestante: separó el Estado y la Iglesia y los ciudadanos se llevaron sus principios religiosos a casa, los guardaron en la esfera privada y aprendieron a vivir en el espacio público o de “contratos regateados”: constituciones y leyes.
El contrato legal creó la cultura del pacto político: los cementerios se atiborraron de cadáveres en la Guerra de Secesión, pero los estadounidenses optaron por vivir juntos, y allí está la gran nación del norte. La inclemente y sanguinaria Europa hoy duerme con la placidez de los bebés gracias al pacto europeo. La España de Franco cayó y republicanos y fascistas se estrecharon la mano. Todos se guardaron los principios en sus bolsillos y “debieron vivir con el aborrecido regateo”.
Sostuve esos argumentos y Gorriti me acusa de crear interpretaciones para dinamitar a la corte que sentenció a Fujimori. Son los riesgos de discutir temas ideológicos y mezclarlos con la coyuntura. Luego del fin de la Guerra Civil Española, y después de tanta masacre, los falangistas y los republicanos regresaban en harapos a sus localidades y se bromeaban entre sí: te regalo mi queso de cabra por tus principios y tomemos un café. A todos aquellos principistas se solicita perdón por la herejía. No hay más espacio.
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