Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Desde Jurgen Schuldt, economista de la Universidad del Pacífico, hasta Hernando de Soto, casi todos los teóricos de la economía peruana me erizan el pellejo cuando sueltan al viento el resultado de sus sesudos análisis. Unos ubicados en la izquierda combativa, otros prendidos en el ideario de la derecha. Digo, me ponen la piel no de gallina sino de chucraco garrapatero. En el estudio “Radiografía de la economía peruana”, Jurgen Schuldt afirma “...que el capital extranjero se ha instalado cómodamente en las ramas productivas y de servicios que rinden las mayores tasas de ganancias, siendo altamente intensivas en capital y que, con excepciones, apenas absorben fuerza de trabajo (la gran minería solo ocupa el 2% de la población económicamente activa)”. ¿Quién podría ser tan benévolo y tonto de capirote para invertir en las ramas menos rentables y en los servicios gratuitos? Ni siquiera un teórico marxista como Eric Hobsbawm lo recomendaría. Todo inversionista es rapaz y busca sacar ventaja. Ese es el quid de la economía. Lo digo yo que soy vendedor de buscado sebo de culebra. Según el principio matemático cero y suma, quien gana siempre consigue el bodoque a costillas de alguien que resulta perdedor. Cero y suma también norma la ley de la oferta y la demanda. Dicho principio constituye el corazón de la teoría de los juegos que desarrollaron el húngaro John von Newmann y el alemán Oskar Morgenstern. Teoría basada en las constantes de la timba y del póquer. Pero Hernando de Soto ni siquiera es buen timbero. Estoy seguro que el as del póquer Carlos Garayar le daría chico y partido. Igual en el juego de la bolsa de valores. No tengo dudas que el profesor Jurgen Schuldt se ha contagiado el ánimo plausible de la ya difunta Madre Teresa. Loable propósito a primera vista. Solo que mecenazgos de este tipo (con intereses ocultos) pertenecen a una economía señorial que no corresponde a la actual formación social, un capitalismo que da manotazos de ahogado porque ya lleva dentro el tolondrón de la socialización. A partir del neolítico, cada ser humano quiere cosechar rico después del esfuerzo realizado o inversión. Un guerrillero urbano, el poeta Juan Cristóbal, le entregó los ahorros de toda su vida al gurú financista Carlos Manrique, el Bernie Maddoff de Jesus María, con la idea feliz de vivir de los réditos. Por supuesto, Carlos Manrique, a quien conocí como estudiante en La Cantuta, le hizo la pirámide y el avión al poeta que alguna vez expropió una agencia del Banco de Crédito. Sin embargo, Juan Cristóbal no lo maldijo a Carlos Manrique ni le mentó la madre como hizo conmigo por celos, debido a una charamusca literaria que obtuve a cambio de sebo de culebra. Aun en un orden comunista extremo o en el socialismo autárquico de los Amish, las personas naturales o jurídicas esperan la tajada más gorda del melón luego del esfuerzo realizado. Esto la canta bien claro el son montuno del Trío Matamoros: “El que siembra su maíz / que se coma su pinole”. Que para nosotros, andinos, pinole es pito, machica, cañihuaco. Aunque sospecho que la izquierda caviar, ¿beluga o sevruga?, alegará que desconoce la machica, el cañihuaco y también la chochoca. Reclamar que una rama productiva absorba más trabajadores le da pábulo a la corrupción y, en definitiva, sería lo mismo que colocar la carreta delante del jumento. Algo semejante a la noticia que escuchó el negro Fraicico: “Domingo se murió y sábado lo enterraron”. ¿Cómo, paitra?, objetó Fraicico. Incluso la agricultura, que es básica y extendida, ocupa solo el 3% de la población económicamente activa. Si queremos eficiencia en cada gestión de gobierno y de producción, jamás debemos pedir que artificialmente se hinche la planilla. Eso constituye triquiñuela, beneficencia señorial, pero no medida económica. Otra inocencia muy común es el reclamo del líder político Javier Diez Canseco. Exige precio justo para la materia prima que exporta el Perú. ¿Desde cuándo el precio se establece por un acto de justicia? La ley de la oferta y la demanda no se detiene en aspectos éticos. Bájate de las nubes. Digo todo esto sin propósito de menguar a los teóricos y políticos de izquierda. Solo me conmueve la candidez que muestran. Tal inocencia los ubica en la amarga irrealidad, aunque el escritor Carlos Meneses crea que un izquierdista, por sufrido, siempre tiene la razón.