Además:

¡Que patatín, Que patatán!

2010/05/15
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era un energúmeno que parecía detestar a los niños y lucía bigotitos a lo Hitler y un abigarrado cabello crespo. A pesar de que estaba al tanto del carácter del personaje, su recibimiento en la peluquería me dejó helado. Le hubiera contestado como se merecía si no fuera porque, por aquel tiempo, yo era un enano de seis años y los energúmenos me ponían nervioso. Cuando le informé, amablemente, que venía a cortarme el pelo, me respondió colérico y presa de una indignación neurótica: “Yo no atiendo a niños que vienen solos; después aparecen los padres y comienzan a decir que patatín, que patatán…”. El 'que patatín, que patatán’ me impresionó mucho, por lo que abandoné la peluquería y, ya en casa, relaté este pormenor musical del patatín y el patatán de una manera que hizo reír mucho a mi madre. Su risa, que iluminaba mi mundo, era la mejor recompensa, y el recuerdo del peluquero rabioso pasó a un segundo plano. Ignoro si yo era realmente gracioso o si era el vínculo madre-hijo el que siempre les daba un contorno feliz a mis relatos. Pensándolo bien, más allá del patatín y el patatán, a mí me frustró que mi primera visita en solitario a la peluquería concluyera en un estrepitoso fracaso. Musical, pero estrepitoso. Ir solo a la peluquería, que en realidad quedaba en la esquina que estaba frente a mi casa, me concedía, al menos ante mis ojos, un envidiable estatus de hombre casi adulto. Mi madre lo sabía, pues bien sabida era la vieja, y adoraba que hiciésemos esas cosas y otras –como prepararnos el desayuno por nuestra cuenta o elegir nosotros nuestra ropa–. Su conducta no era la tradicional en aquel tiempo –no sé si lo sería ahora–, y una tarde escuché decir a mi abuela paterna –que ignoraba mi presencia– que mi vieja era algo descuidada con sus hijos. Nosotros, que disfrutábamos a rabiar esas libertades, supimos, siendo adultos, el fantástico legado que nos había entregado en beneficio de nuestra libertad y nuestro desarrollo personal. Ella, que solía decirme, sin que yo entendiera su significado, “Vos sos mi hijo, pero no sos mío”, pretendía que creciéramos como seres autónomos y no como 'pollerudos’, una expresión de la época sobre los que no hacían nada si su mamita no estaba al lado. En verdad, esa pedagogía me estimulaba muchísimo más de lo que en ese momento podía valorar. Recuerdo con claridad que, en mis momentos de debilidad –momentos en que el abrazo materno era imprescindible–, el abrazo y el consuelo siempre estuvieron allí, aún lo puedo sentir, pero, luego del abrazo y del consuelo, teníamos una larga y maravillosa conversación sobre el origen de la pena que me había arrastrado hasta ella, y yo salía de esa terapia monumental no solo pleno y feliz, sino también dispuesto a superar las debilidades que mi madre, amorosamente, como jugando, me hacía ver. No recuerdo quién me cortó el pelo luego del patatín y el patatán: solo sé que ese hombre infeliz ha sido hoy el camino para que, una vez más, recuerde aquella niñez que, a los 70 años, me hace conservar aún el gusto por la vida.