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¡Qué día difícil para escribir!

2008/12/24
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Me sabrán disculpar si no caigo en algunos de los estereotipos propios de las vísperas navideñas. La fecha, que tiene un significado religioso real para unos pocos y un contenido festivo o comercial para muchos, no me invita particularmente a la reflexión, así como el Día de la Madre no me invita al regalo y a la felicitación melosa. Y no me invita pues la reflexión, casi siempre dolida y angustiosa, la debo ejercer a diario frente a un mundo en descomposición (más moral que financiera, más ecológica que económica). En consecuencia, no debo esperar esta fecha, elegida por varias religiones debido a su relación con el solsticio de invierno, para reflexionar. La sociedad de consumo ha transformado todo en mercancía, ha banalizado incluso las emociones religiosas de las mayorías y ha hecho que veamos en nuestro semejante solo a un competidor o a un cliente, a las otras naciones como mercados y a la humanidad en su conjunto como un sitio para hacer negocios. No es esa mi forma de ver el mudo y, mucho menos, a mis semejantes. Entiendo el valor de los ritos y sé que decir “feliz Navidad” es un sonido que se emite en esta época del año. Y digo bien un sonido pues, en la mayoría de los casos, no hay otra intención en quien lo pronuncia que cumplir el rito. Un amigo mío, antropólogo él, solía decir “felices mitos” pero, en verdad, ese otro sonido solía perturbar a quien lo recibía y no me parece justo herir a un creyente sincero, ni tampoco molestar a alguien que anda con un vale en el bolsillo para retirar un pavo y está preocupado por las colas que deberá hacer y por los panetones que aún no compró. A quienes viven esta fecha (que nada tiene que ver con la del nacimiento real del rabbi Jesús) con auténtica fe en su creencia, mi respeto más profundo. En un mundo con tan pocas respuestas que satisfagan nuestras necesidades más hondas, los hombres de fe, tanto como los agnósticos o los ateos racionalmente convencidos, aportan elementos distintos, pero igualmente valiosos, para intentar hallar un signo que ofrezca sentido a la existencia. Muchos hombres de las tres religiones reveladas creen sinceramente haberlo hallado. ¿Felices de ellos? No sé. Es verdad que, a veces, los envidio pero, en otras, siento que hallar la respuesta equivale a haber llegado a la meta, y llegar a la meta implica dejar de buscar. ¿O no? Quizá la búsqueda se encamine por otros rumbos, como sí suelo sentirlo con algunas personas realmente religiosas que no andan golpeando la puerta de tu casa para convencerte, ni hacen programas de televisión para practicar curaciones mágicas y sacarle plata a la gente, ni organizan viajes turísticos a lugares sagrados. La búsqueda se procesa a través de una ruta interior que, en esta sociedad de ruido y banalidad, tiene pocos concurrentes por el terror que produce la soledad. Si Dios o la naturaleza, según creencias, construyó nuestro cerebro con cien mil millones de neuronas, no será para que lo cubramos con el sombrero. Pensar es la tarea que nos hace humanos, y dudar, el método que nos lleva a profundizar el pensamiento.