Además:

La puesta en escena se repite

2011/08/09
Compartir

Con casi 15 años trabajando en temas de seguridad, he visto ya demasiadas veces la misma escena y siento que escribo, una vez más, el mismo artículo. Se produce una tragedia que conmueve a la ciudadanía (en este caso la de la familia Reggiardo, a la que extiendo mi solidaridad). Los políticos indignados reclaman medidas severas. Los gobernantes dicen que la seguridad ciudadana es su prioridad. Se anuncian leyes durísimas y más recursos. Algunas veces se dan, otras no. Pasan unos días y las cosas vuelven a la “normalidad”; es decir, la delincuencia sigue su curso, la ciudadanía sigue sufriéndola y, en el fondo, en lo que realmente importa, no pasa nada. Ello hasta que ocurre la siguiente tragedia y la puesta en escena se repite. Leyes y plata. No digo que no se necesitan y que deban rechazarse. Pero, insisto, a la luz de la experiencia de innumerables lugares del mundo, el problema no se agota allí. Se requieren objetivos sensatos, viables, legitimados por la sociedad, que permitan la articulación del Estado (desde los municipios hasta el INPE, pasando por la Policía, el Ministerio Público y el Poder Judicial) en base a estrategias de corto, mediano y largo plazo, tanto para la prevención, como para la represión del delito. En ese marco es que deben venir esfuerzos serios para que las instituciones funcionen, de a verdad. Pongamos el ejemplo de la Policía. Si bien es saludable que el ministro esté consiguiendo dinero para ir disminuyendo el 1×1, para contar con más policías, es de rigor anunciarle que ello no va a implicar cambios a favor de la ciudadanía, si es que no se enfrentan los problemas de fondo que tiene la institución. Necesitamos que los patrulleros, patrullen y no estén estacionados, porque la gasolina se quedó en el camino; que el dinero de inteligencia no se lo lleven los avivatos; que la plata del rancho para los policías se gaste en comida y no engorde algunos bolsillos; que el dinero para las medicinas y la salud de los policías se gaste en ellos. Hay muchas cosas más, pero en resumen, necesitamos liderazgo para que aquellos policías que quieren hacer su trabajo (los hay y muchos) tengan la convicción de que “arriba” están con ellos y no con los que medran con los recursos del Estado. Seamos claros es un engañamuchachos o una tremenda ingenuidad (no sé qué es peor) decir que, en tres meses, la seguridad ciudadana habrá mejorado significativamente. La verdad es otra y dura. Si se enfrentan los problemas de fondo (y para eso habría que tener mucho coraje), poco a poco podríamos ir mejorando. No sería fácil, tampoco, pero, por lo menos, detendríamos nuestro camino al despeñadero.