Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Paraguay fue en algún momento del siglo XIX el país más avanzado de América del Sur. Luego de la guerra que tuvo lugar entre 1864 y 1870 contra la Triple Alianza –Argentina, Brasil y Uruguay–, quedó devastado. Las causas de la guerra son atribuidas, como tantos otros males que padece el planeta, a influencias del entonces Imperio Británico. Otros hablan de una política agresiva del Mariscal Solano López, su presidente, hacia el Río de la Plata. No todos saben que la primera línea férrea, los primeros telégrafos y la primera fundición de hierro de nuestro subcontinente fueron paraguayos. Como si fuera poco, el primer buque acorazado de Sudamérica –y algunos presumen que de todo el continente– fue botado de los astilleros de Asunción con el nombre de Ypora. En ese pequeño país mediterráneo la educación era obligatoria y gratuita, no había desempleados y crecía una esperanzadora industria textil y la construcción. Todo este proceso, en pleno siglo XIX, se logró gracias a políticas proteccionistas, como las que llevaron a desarrollar a los Estados Unidos. Naturalmente, dichas políticas afectaban los intereses comerciales británicos y, por ello, es más que razonable pensar que la mano imperial inglesa estuvo detrás de la guerra que destruyó ese país. Paraguay perdió, en esa guerra, la mitad de su población y el 90% de los varones mayores de 15 años. Luego, abreviando, vinieron años de inestabilidad y pobreza que culminaron con el arribo al poder del general Alfredo Stroessner. Este asumió el poder en 1954 y fue reelegido presidente siete veces consecutivas. Gobernó casi permanentemente bajo estado de sitio y con el apoyo de los militares y el Partido Colorado. En total los paraguayos padecieron 34 años, con Stroessner persiguiendo a sus opositores políticos bajo la conocida justificación de la seguridad nacional y la lucha contra el comunismo. Nada hubo más ajeno a la democracia que el régimen aparentemente interminable del general Stroessner. En 1989 fue derrocado por otro general que anunció la legalización de los partidos políticos, con excepción del comunista. Vinieron luego crisis económicas y mandatarios democráticos, algunos con graves acusaciones de corrupción, hasta que el obispo Fernando Lugo, su actual presidente, decidió colgar los hábitos religiosos en beneficio de sus conciudadanos. Este hombre, con arraigo popular e ideas a favor de los menos favorecidos, llegó al poder con el apoyo del Partido Liberal que hoy, ya en la oposición, habla abiertamente de destituir a Lugo para colocar en el sillón presidencial a un auténtico liberal como el actual vicepresidente Federico Franco. No es difícil adivinar, una vez más, la codicia de los sectores privilegiados, que ven en Lugo un peligro para sus intereses particulares. Tampoco es difícil adivinar que ya se está montando un escenario para realizar un golpe de Estado que no parezca un golpe de Estado pero que frustre cualquier intento de alterar la correlación de fuerzas entre los pocos ricos de siempre y los muchos pobres que sueñan con una vida digna.