Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
En la década de los 80, durante su primer gobierno, el presidente Alan García llegó tarde al largo ciclo populista latinoamericano: fue, entonces, su enterrador. Hoy llega tarde al ciclo neoliberal abierto con el Consenso de Washington. El 23 de junio, hace solo unos días, el presidente norteamericano Barack Obama recibió en la Casa Blanca a la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, y la colmó de halagos. El diario El País (24-6-09) reseñó así el encuentro: “Obama destacó que con Chile existe una relación de 'respeto’, aunque Santiago 'no concuerda con todos los puntos de la política exterior estadounidense’. Este es el modelo de relación al que aspira Washington sin que 'Estados Unidos dicte cómo Chile debe interpretar sus propios intereses’”. La socialdemócrata mandataria de Chile fue el segundo presidente latinoamericano que Obama recibió en Washington; el primero fue el presidente de Brasil, Lula da Silva. En ambos casos, el mandatario se esmeró por subrayar el compromiso con la democracia por parte de ambos gobernantes sudamericanos e, importante detalle, el hecho de que, a pesar de existir algunas diferencias en política exterior, su relación bilateral es óptima. ¿Quiénes son, entonces, los presidentes latinoamericanos que forman parte de la guerra fría continental de la que habla el presidente Alan García en su artículo publicado el 28 de junio en Expreso? Si los representantes estrellas del “eje del mal” serían Hugo Chávez y Evo Morales (¿también Rafael Correa?), ¿quién estaría con los “guerreros del bien”, además del mismo presidente García? ¿El presidente colombiano, Álvaro Uribe? Los presidentes de Chile y de Brasil están lejos de hallarse entrampados en rencillas menores, y ni qué decir de los gobiernos de Uruguay, Argentina y Paraguay; ni siquiera el de México, que tiene un presidente claramente instalado en la derecha del espectro político. El juego del presidente Obama en la región parece claro: prefiere aparecer al lado de los socialdemócratas moderados porque sabe perfectamente, entre otras cosas, que debe evitar los extremos en aras de minimizar la polarización con Chávez y compañía. El asunto es tan claro que, la semana pasada, durante la visita del presidente colombiano a la capital norteamericana, Barack Obama le jaló las orejas a este supuesto partícipe del “lado del bien” al pronunciarse contra la posibilidad de su segunda reelección: “Dos periodos bastan (…). Nuestra experiencia en Estados Unidos es que dos periodos funcionan y que, después de ocho años, usualmente el pueblo desea un cambio’ (…). Obama puso el ejemplo de George Washington que, pudiendo haber sido presidente de por vida, tuvo la grandeza de regresar 'a la vida civil’” (El País, 1-7-09).