Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Desde el segundo piso del catamarán Spondyllus, es fácil recorrer con la vista el intrincado trazado de islas que rodean la bahía del Callao. Sin embargo, si pone atención, también podrá ver parte de la torre de una ciudad que desapareció tras un terrible terremoto en 1,746. A esta urbe -que se extendería hasta La Punta y que fue devorada por las gigantescas olas de un tsunami- se le conoce como La Atlántida Peruana. La zona donde habría quedado enterrada es conocida como 'El Camotal’ debido a que, según cuentan los guías de la compañía Lobos del Callao, allí, a cientos de metros bajo el océano, se han encontrado los restos de un antiguo huerto de camotes Jesuita de la época de la colonia. Mientras nos alejamos de la bahía, el mar produce un contraste fascinante con el sol, el cual perdurará hasta el postre. De repente, un sutil movimiento rompe ese escenario: del agua se levanta un lobo marino que, pese a su descomunal tamaño, se mueve ligero mientras se disputa el alimento con los pingüinos de Humboldt que bajan en fila india desde un costado de la isla San Lorenzo. El espectáculo es imperdible y es mucho más atractivo en las Islas Palomino, donde los mamíferos retozan con sus crías. El Caminito chalaco. Al volver a la Plaza Grau del Callao, la muchachada porteña ofrece causa de pollo a un sol y empanaditas a cincuenta céntimos que puede eludir con buen humor antes de ingresar a Chucuito, un lugar donde los vecinos de la zona no van a tener nada que envidiarle a la famosa calle Caminito de Buenos Aires, si es que el municipio continúa con el plan turístico acordado para el sitio. El pintado de las fachadas con llamativos colores, un museo de sitio fotográfico, un local de venta de souvenirs y la recuperación de las áreas verdes, son también parte del proyecto que incluye darle trabajo a los 'causas’ del barrio como vigilantes. Sin embargo, la verdadera esencia de Chucuito está en sus habitantes, casi todos descendientes de inmigrantes italianos, quienes abren las puertas de sus casas para compartir con los turistas sus secretos. Una de ellas es Rosa Pomé de Calmet (65), quien, pese a que no nació en el Viejo Continente, es casi un inmigrante más de las que llegaron al Callao. Y es que desde el año 70 está casada con Mauricio Calmet Agnelli, descendiente directo de una familia de italianos nacidos en San Benedetto del Tronto y actual director de logística a nivel nacional de los bomberos. “El me enseñó como secar el pescado pero, sobre todo, a preparar el verdadero tuco para los tallarines. Ese que puede durar hasta un año en la congeladora sin perder su sabor, dice. Por su parte, Silvia Tripi (43), hija directa de un recio pescador italiano y hacedora del mejor cebiche en el parque Santa Rosa de Chucuito, cuenta que en su época escolar los niños bailaban en el barrio la tarantela, un baile muy conocido en el sur de la bota itálica.