Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Mientras la nieve se cierne en cámara lenta sobre Madrid como si fuera azúcar impalpable, incontables brigadas de rescatistas coreanos se desplazan en formación marcial y a paso ligero por los relucientes pasillos, por las escaleras mecánicas, por los trenes subterráneos que conectan los terminales del hermoso aeropuerto de Barajas. Se ven todos enormes y van vestidos de estricto plateado, con galácticos lentes de protección, mochilas inmensas y chancabuques. Van tan bien equipados que más que socorristas profesionales parecen cyborgs. Es el mediodía del jueves catorce de enero y, como España es la escala obligada entre Seúl y Puerto Príncipe, las puertas de embarque son un hervidero feroz en el que los exasperados pasajeros que se han quedado varados por culpa de las pistas congeladas se confunden con esta marea increíble de seres asombrosos, nítidamente superiores: gente que no ha dudado un instante en abandonarlo todo para embarcarse en el primer avión y volar hacia el horror del que todos pugnan por huir despavoridos, hombres que le han dicho “chau cariño, ya regreso” a sus mujeres y han enrumbado a la desgracia, a las ruinas de lo que alguna vez fue Haití para abocarse a la que tendría que ser la única tarea imaginable: mover cielo y tierra para salvar al hermano que, sepultado por las piedras, tercamente respira todavía. Pero mientras todas estas cosas extraodrinarias acontecen, Fernando Olivera, la verdad, no hace ni mierda. Como todos los días de este destierro inacabable que ni en sus peores pesadillas presagió, Olivera se levanta en las mañanas, se mira en el espejo e imagina que aún es. Alucina que esto es la Lima de principios del milenio y que figura en todas las encuestas, en las de intención de voto y también en las del poder, que es el admirado líder de un frente moralizador. Figúrense ustedes: moralizador. Se levanta muy temprano como si fuera, qué sé yo, el candidato favorito a cualquier cosa, se pone su terno ficho como si fuera Ministro de Justicia, se anuda ceremoniosamente la corbata como si fuera el más votado congresista de la lejana República del Perú y, para completar el sobrio look citizen of the world, añade un sobretodo y una bufanda –visiblemente importados de Pachecolandia– cual si acabaran de nombrarlo Embajador plenipotenciario en premio a sus célebres acciones distinguidas. Popy se alista, pues, con el esmero de quien realmente tiene que ir, sin demora, a alguna parte, hace de cuenta que tiene una reunión de altísimo nivel, una cita crucial para los destinos de la patria, una cumbre impostergable, decisiva. Sueña que el publicista Gustavo Rodríguez ha creado para él un spot apocalíptico en el que una voz de ultratumba lanza una advertencia aciaga para la raza humana: «Alan vuelve…Tranquilo, ¡Olivera está contigo!» Pero para el pobre Popy, en realidad, el de hoy es un martes cualquiera, un martes idéntico a todos los demás y lo más importante que tiene por hacer en esta vida hoy (y también mañana) consiste en ir a tomarse un cafecito de mediodía con Héctor Rospigliosi, su más fiel y abnegado escudero perucho en Europa. Es otro día plúmbeo, absurdo, inútil, otro día fotocopiado al infinito, desteñido, fláccido, otro día percudido como son siempre los días en el limbo del que no tiene más remedio que sentarse a esperar a que su némesis haya abandonado palacio para ilusionarse de nuevo con volver alguna vez a ese país lontano donde sólo lo extrañan las montañas. Las montañas de expedientes judiciales, de legajos, de gordísimas denuncias que lo esperan con los brazos abiertos, ese país que –cómo jode comprobarlo– es hoy un poquito menos infeliz sin él, ese país que sabiamente ha extendido sobre todas sus tropelías y desmanes el piadoso manto del olvido, ese país sabio y desmemoriado fuera de cuyas fronteras él nunca logrará ser más que lo que es hoy: una sombra asustadiza que se escurre por debajo de las puertas, un fenómeno paranormal que extrañamente registran las fotos, un fantasmita tocado de nervios, un poco de aire que, angustiado por el qué dirán, mira a la cámara y sonríe. Click. Un espectro opaco, mustio, envejecido. “Qué cague de la risa” –dijo mi amigo Fernando Vílchez– «ese viejo de abrigo azul que está en la cola del café es igualito a Olivera» Estábamos razonablemente contentos esa mañana, acabábamos de salir de ver “Lágrimas de Eros”, una magnífica exposición de sexo y arte en el Museo Thyssen. Los amantes de Magritte. La Andrómeda de Doré, el San Sebastián de Guido Reni y también el de Bernini. Hostia, chaval. Y como fin de fiesta, la intensidad del frío adormeciéndote las orejas, haciéndote lanzar argollas de humo sin fumar y tornando impostergable el placer de administrarse una crujiente dosis de churros previamente sumergidos en viscoso chocolate hirviente. Es hidalgo reconocer –no sin vergüenza– que, a sólo dos días del terremoto, tampoco estábamos moviendo un solo dedo solidario, ni siquiera estábamos hablando del asunto mientras frívola y bohemiamente nos guarecíamos en aquel café de Paseo del Retiro en el que encontrarse con su pata era lo único importante que estaba a punto de pasarle a Popy mientras que encontrarme con Popy era lo único que estaba a punto de pasarme a mí. Díganme ustedes cuál de los dos es el más patético. “Qué cague de la risa” –dijo mi amigo Fernando Vílchez– “ese viejo de abrigo azul...es igualito a Olivera”. “No es igualito” –respondí yo– “¡Es Olivera!” Y lo dije tan fuerte que Popy me oyó y volteó todo saltón, y al verme abrió los ojos como cuando Rosa María Palacios escucha una lisura y se puso lívido. Blanco como un papel, como la nieve, como, en fin, blanco como…ustedes saben. Lo quedé mirando y me quedó mirando y mientras el segundero se tardaba varias horas en cambiar de ubicación, las innúmeras cagadas que el popy-toledismo le había hecho al prójimo durante su antiguo reinado se me confundían en una sola mazamorra con las que él personalmente me hizo a mí y ya no me quedaba del todo claro si alguna vez, hace mil años, me habían enjuiciado a mí para librarlo a él en el escándalo Almeyda-Villanueva, o si me había acusado de lesbiana para sacarme de la jefatura de la Sunat, o si me había empapelado mandando cartas de desprestigio al Vaticano, o si había mandado a mi celda a su emisario Ortiz Anderson para solicitarme cordialmente papeles, audios, videítos, o si había conspirado contra Schutz para favorecer a su carnal Genaro, o si le había ofrecido libertad inmediata a la Bozzo a cambio de algo o si me había chancado la mano con la puerta de su auto cuando intenté ponerle el micro tras una pregunta incómoda, o si me había dejado con la mano estirada en una ceremonia oficial o si le había hecho pichulitas con los dedos a todo el país como quien dice los cagué a todos, jojolete, los cagué. Ahora lo tenía ahí, delante de mí. ¿Qué es lo que debe hacerse en estos casos? ¿Armar un laberinto de callejón con mentada de madre, cabezazo, tacle y escupitajo? En ese instante me acordé de todo lo que mis amigos en España me habían contado de Olivera en estos años. Decían que había matado el tiempo estudiando una maestría de Ciencias Políticas en la Complutense. Que había intentado sin suerte echar a andar un restaurant llamado Tradiciones Peruanas. Que había estado haciendo alegres viajecillos a la bella Andorra, más conocida como el Gran Caimán de Europa por ser el único paraíso financiero donde además puedes esquiar. Puede ser que, a estas alturas, él sea ya un millonario y viva de sus rentas, pero mientras pensaba en todo esto lo miraba a los ojos y sólo lograba ver a un viejecito desempleado sacando el ticket que le permitiría acceder al momento más alto del día: su café Nostalgia, Nostalgia del Poder. Cuando el silencio ya se tornaba irrespirable y la tensión cortaba el aire como láser, Olivera abrió por fin su fiscalizadora boca para decir: - Bueno, nos daremos la mano, pues... Algo sorprendido de comprobar que el macerado rencor que yo creía albergar en cantidades tóxicas en el alma no me alcanzaba ni siquiera para voltearle la cara y mirar a otro lado, dejé de retroceder para siempre ese cassette hongueado en mi cabeza, avancé dos pasos hacia él y se la di. Tal como lo leen. Le di la mano. Lo escribo, lo leo y no me lo creo. Le di la mano a Popy Olivera. Que Dios y la historia me juzguen.