Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Hoy día, la actividad política se ha convertido, para la mayoría de personas que incursionan en este campo, en un mero asunto de negocios. Irrumpen o persisten en la política con el deliberado propósito de obtener un empleo, de conseguir ingresos que no alcanzarían en su actividad cotidiana o, crecientemente, de robar todo lo que pueden. El difundido fenómeno del transfuguismo está directamente relacionado con lo anterior. No existen adhesiones a ideas, programas o propuestas de gobierno, sino el más descarado oportunismo. La mayoría de los políticos de hoy se acomodan en cualquier lugar o grupo donde puedan medrar. ¿EL PASADO FUE MEJOR? No es que antes la política fuera limpia y pura. También estaba poblada por muchos sinvergüenzas y ladrones. Pero existía un número importante de personas que participaban, por su fe, en ciertas ideas, por su sincero deseo de mejorar las cosas, por su confianza en la idoneidad y capacidad de los líderes. Hoy eso casi ha desaparecido de la política. Solo un puñado de esforzados y casi fanáticos militantes, de diversas ideologías, persisten en el intento. 1990 es el año de quiebre de un proceso que empezó antes, pero que tuvo un punto de inflexión decisivo en el primer gobierno aprista (1985-1990). El fracaso de ese gobierno en todos los campos, la corrupción extensa y desembozada, suscitaron un rechazo amplísimo a los partidos políticos y desembocaron en un gobierno 'antipartido’, conducido por una corrupta camarilla cuyo interés principal era desvalijar las arcas del Estado. El 'éxito’ de la banda capitaneada por Alberto Fujimori y por Vladimiro Montesinos –saquearon el país a su antojo durante una década–, alentó a muchos a seguir su ejemplo en todos los niveles, desde un pequeño municipio distrital hasta un boyante ministerio. El hecho de que varios de los cabecillas de esa banda estén hoy presos, parece que no ha desalentado a muchos. El ser atrapado con las manos en la masa sigue siendo considerado un riesgo menor y, en todo caso, aceptable en vista de los beneficios que se pueden obtener. MENSAJE: EL CRIMEN SÍ PAGA. Lo que está ocurriendo en el Congreso es una muestra de ello. Al principio del período, Elsa Canchaya fue cogida en falta y rápidamente sancionada. Pero eso no parece haber desalentado a nadie, como lo muestran los varios casos descubiertos después. El último, el de Margarita Sucari, sorprendida cometiendo un delito similar al de Canchaya. Sin embargo, gracias a la complicidad de la mayoría de sus colegas, la sacó barata, y solo recibió una leve suspensión e impunidad total para el delito que cometió. El mensaje al país –y a todos los truhanes que están en política o que quieren entrar en ella– que ha dado la mayoría de la clase política, es que las fechorías sí pagan, y que si saben acomodarse con los pícaros que están en el poder, quedarán impunes. EN EL SISTEMA. El supuesto líder 'antisistema’, Ollanta Humala, rápidamente se ha integrado al sistema. De acuerdo a los dos últimos reportajes de La Ventana Indiscreta de Cecilia Valenzuela, goza de una prosperidad económica insólita, que no se condice con su modesta pensión de comandante en retiro. Humala, al igual que los prepotentes congresistas, se niega a explicar el origen de su novísima fortuna. Por cierto, nadie lo puede acusar de desfalcar las arcas del Estado, porque no tiene un puesto público. Pero es obvio que su bonanza económica se deriva de su condición de candidato primero, y líder de un movimiento con aspiraciones, después. Como bien ha dicho la Defensora del Pueblo, Beatriz Merino, “el umbral secreto de la privacidad de quien va a ejercer la función pública es prácticamente ninguno en cuan-to a su patrimonio. (…) Quien no quiera que su vida patrimonial sea de escrutinio público no debe entrar a la función pública”. Eso, por su-puesto, le importa un pepino a Ollanta Humala. Si los congresistas no dan cuenta de sus gastos, ¿por qué él va a revelar el origen de su fortuna? ¡Faltaba más!