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Cultura | Sáb. 20 dic '08
“La poesía me lleva el alma y la vida”
Responde:
Antonio Cisneros
Sobre la poesía, la crónica y sus viajes por el mundo.
Aunque se reconoce poeta sobre todas las cosas, Antonio Cisneros es un extraordinario cronista. Y, como buen poeta que es, tiene el don de la síntesis, de la expresión justa. Sus crónicas son breves y sentidas, iluminadoras y profundas, irónicas y muy divertidas. Para comprobarlo, solo tiene que leer Los viajes de buen salvaje (Peisa), el nuevo libro que acaba de publicar.
Usted es poeta. Sin embargo, cuando escribe prosa, opta por la crónica y no, por ejemplo, por el cuento o la novela. ¿Qué le brindan la poesía y la crónica como vehículos expresivos?
La poesía es algo muy complejo, que me lleva el alma y la vida. No sé por qué tengo esta especie de condena y bendición. Por otro lado, yo soy un cronista neto y nato. Mis crónicas, aunque lo parezcan, no pretenden ser literatura. Todas han nacido del maldito oficio de ganarse los frejoles haciendo periodismo. Claro, están bien escritas, bien pensadas, son hasta graciosas, pero son el testimonio de hechos que le ocurrieron al cronista en la realidad. Es más, ni siquiera las tengo archivadas porque fueron hechas para publicarse pronto, para convertirse en papel para envolver pescado. Claro, a pedido del público –y porque me dan pena–, a veces hago recopilaciones para que no se pierdan del todo.
El libro se inicia con sus desencuentros con la cultura japonesa.
Japón es distinto a todo lo que he conocido. Puede deslumbrar y fascinar pero, de ningún modo, uno se puede identificar con él. Yo no he conocido a nadie que diga “quiero vivir en Japón”. Otra cosa son las necesidades del migrante. Japón es muy extraño. Lo que me queda en la memoria es que uno se mimetiza y adquiere muy pronto una sonrisa de idiota permanente, pues los japoneses están siempre sonriendo. La verdad, yo dudo que esta sonrisa sea sincera, aunque es cierto que son muy educados. Felizmente, cuando se regresa, el Perú se encarga de volvernos a nuestro estado natural… y recuperamos nuestra cara de culo (risas).
Estuvo en Berlín antes y después de la caída del Muro. ¿Cómo vivió ese contraste?
Berlín es fascinante, loca, chiflada... En el Berlín Occidental que conocí había una sensación mágica pues, como estaba rodeada por el Muro, uno se decía: “A gozar, a gozar, que el mundo se va a acabar”. El Gobierno alemán daba incentivos económicos a quienes vivían en Berlín Occidental. Es más, los exoneraba del servicio militar. Entonces, la ciudad se llenó de gente joven, contestataria, antisistema, de artistas subvencionados... Berlín era una fiesta.
En Hungría nació su hija y su esposa conoció la nieve.
Tenía el encanto de los países decadentes. Los húngaros no creían en nada y, probablemente, aquel escepticismo los hacía hermosos y decadentes. El lugar convocaba a mi mundo interior, entre otras cosas, porque el idioma era una barrera infranqueable. Entonces, no tenía otra cosa que mirar dentro de mí. Este ejercicio convoca a la ociosidad, y esta, a la poesía (risas).
Usted fue vecino de Londres en un momento muy particular.
Estuve en Londres en la época del Swinging London, en la segunda mitad de los 60, cuando deslumbran los Rolling Stones y los Beatles, cuando aparecen la píldora anticonceptiva, la revolución de género, de las preferencias sexuales, la Guerra de Vietnam, el 'Che’, etcétera. Lo normal era ser anticonvencional. La gente 'normal’ era mal vista (risas).
El mundo no cambió con el París de mayo del 68 sino en Gran Bretaña, con el Swinging London.
Yo recuerdo que los diarios ingleses de la época decían: “Esto pasa en Francia porque, allí, los comedores y los dormitorios universitarios son muy malos. En Inglaterra no puede pasar esto porque aquellos problemas ya los hemos resuelto” (risas). Esa es la diferencia entre los franceses y los ingleses: Francia hace revoluciones, Inglaterra evoluciona.
Usted es poeta. Sin embargo, cuando escribe prosa, opta por la crónica y no, por ejemplo, por el cuento o la novela. ¿Qué le brindan la poesía y la crónica como vehículos expresivos?
La poesía es algo muy complejo, que me lleva el alma y la vida. No sé por qué tengo esta especie de condena y bendición. Por otro lado, yo soy un cronista neto y nato. Mis crónicas, aunque lo parezcan, no pretenden ser literatura. Todas han nacido del maldito oficio de ganarse los frejoles haciendo periodismo. Claro, están bien escritas, bien pensadas, son hasta graciosas, pero son el testimonio de hechos que le ocurrieron al cronista en la realidad. Es más, ni siquiera las tengo archivadas porque fueron hechas para publicarse pronto, para convertirse en papel para envolver pescado. Claro, a pedido del público –y porque me dan pena–, a veces hago recopilaciones para que no se pierdan del todo.
El libro se inicia con sus desencuentros con la cultura japonesa.
Japón es distinto a todo lo que he conocido. Puede deslumbrar y fascinar pero, de ningún modo, uno se puede identificar con él. Yo no he conocido a nadie que diga “quiero vivir en Japón”. Otra cosa son las necesidades del migrante. Japón es muy extraño. Lo que me queda en la memoria es que uno se mimetiza y adquiere muy pronto una sonrisa de idiota permanente, pues los japoneses están siempre sonriendo. La verdad, yo dudo que esta sonrisa sea sincera, aunque es cierto que son muy educados. Felizmente, cuando se regresa, el Perú se encarga de volvernos a nuestro estado natural… y recuperamos nuestra cara de culo (risas).
Estuvo en Berlín antes y después de la caída del Muro. ¿Cómo vivió ese contraste?
Berlín es fascinante, loca, chiflada... En el Berlín Occidental que conocí había una sensación mágica pues, como estaba rodeada por el Muro, uno se decía: “A gozar, a gozar, que el mundo se va a acabar”. El Gobierno alemán daba incentivos económicos a quienes vivían en Berlín Occidental. Es más, los exoneraba del servicio militar. Entonces, la ciudad se llenó de gente joven, contestataria, antisistema, de artistas subvencionados... Berlín era una fiesta.
En Hungría nació su hija y su esposa conoció la nieve.
Tenía el encanto de los países decadentes. Los húngaros no creían en nada y, probablemente, aquel escepticismo los hacía hermosos y decadentes. El lugar convocaba a mi mundo interior, entre otras cosas, porque el idioma era una barrera infranqueable. Entonces, no tenía otra cosa que mirar dentro de mí. Este ejercicio convoca a la ociosidad, y esta, a la poesía (risas).
Usted fue vecino de Londres en un momento muy particular.
Estuve en Londres en la época del Swinging London, en la segunda mitad de los 60, cuando deslumbran los Rolling Stones y los Beatles, cuando aparecen la píldora anticonceptiva, la revolución de género, de las preferencias sexuales, la Guerra de Vietnam, el 'Che’, etcétera. Lo normal era ser anticonvencional. La gente 'normal’ era mal vista (risas).
El mundo no cambió con el París de mayo del 68 sino en Gran Bretaña, con el Swinging London.
Yo recuerdo que los diarios ingleses de la época decían: “Esto pasa en Francia porque, allí, los comedores y los dormitorios universitarios son muy malos. En Inglaterra no puede pasar esto porque aquellos problemas ya los hemos resuelto” (risas). Esa es la diferencia entre los franceses y los ingleses: Francia hace revoluciones, Inglaterra evoluciona.