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“Pocos ven a las trabajadoras del hogar como seres humanos”

2009/03/30

Hoy es el Día de la Trabajadora del Hogar y nosotros conversamos con Sofía Mauricio, trabajadora del hogar y coordinadora de La Casa de Panchita, organización que protege –en orden a la Ley 27986– y capacita a las trabajadoras de este rubro. Informes: 424-5282 y www.gruporedes.org

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"Éramos una familia pobre, por eso mi mamá me llevó a la ciudad, para ver si alguien me quería en su casa. Llegué a una casa donde tenían un restaurante, en Cajabamba. Había que levantarse a las 3 de la mañana y acostarse tarde. Fue difícil: una niña de 7 años no se levanta sola. Para despertarme me echaban agua o me jalaban de los pelos", cuenta. ¿Qué tareas tenía? Tenía que atender a los comensales y también hacer trabajo de adultos, como matar gallinas. Un problema de los adultos es que para, ciertas cosas, te tratan como niño: no escuches esto, eres un mocoso. Pero, para otras: tú ya eres grande, tienes que hacerlo. Y no se dan cuenta de que le están robando a un niño su infancia, que debería estar estudiando o jugando. Las familias deben entender que mejor no metan a sus hijos a trabajar así y que, si lo hacen, no deben dejar el colegio. ¿Cuándo vino a Lima? A los doce años, donde mi hermano. Vine también porque mis amigas, chiquillas, ya tenían bebes. Yo vi que ese iba a ser mi futuro y no lo quise. ¿Cómo la trataron aquí? Me quedé con mi hermano, en Yerbateros. Un día me atropellaron. Por suerte, el señor que conducía me llevó al hospital, vio que estuviera bien y me llevó a trabajar a su casa. El problema era su esposa. Maltratos físicos y psicológicos. Me hicieron criar a un bebito de 15 días. Una de las cosas que más me dolió fue que me cortara el cabello. No me preguntó ni me dijo por qué ni nada. Ahí me sentí un objeto. Al final, me escapé. Mi hermano no me apoyó. A veces, la familia tampoco la apoya a una. ¿Pudo estudiar? Sí. Acabé secundaria, trabajando y estudiando. Fui a un instituto para estudiar radio y TV. Hice hasta la mitad porque se me acabó el dinero. Después ingresé a Bausate y Mesa pero me alcanzó para un ciclo. Quería probar que podía. Quisiera terminar algún día. Ahora está en La Casa de Panchita. ¿Dónde empezó su labor gremial? En la iglesia. Ahí encontré amigas en situaciones parecidas. Y nos contábamos lo que nos pasaba. Logramos formar el Sindicato de Trabajadoras del Hogar de La Victoria. Después, me fui un año a Estados Unidos, invitada a un intercambio con el Labour Center de la Universidad de Iowa. La Casa de Panchita la inauguramos en setiembre del 98. Soy una de las fundadoras. ¿Qué hacen en La Casa de Panchita? Aquí trabajamos profesionales, estudiantes, voluntarios peruanos y extranjeros, trabajadoras y ex trabajadoras del hogar. Hacemos varias cosas: fortalecemos las habilidades de las trabajadoras del hogar y les damos a conocer sus derechos, las empoderamos, hacemos que se valoren porque gracias a su trabajo muchas mujeres están afuera trabajando. También tenemos una agencia de empleo, con personas capacitadas y garantías. Este trabajo es el de más alta confianza –se confía casa e hijos– pero es de los peor pagados y de mucho más que ocho horas. Puede parecer esclavitud. Incluso pueden sufrir abusos. Lamentablemente, son muy pocos los empleadores que ven a las trabajadoras del hogar como seres humanos. Por un lado, la Ley 27986 no está difundida. Muchos dicen que no la conocen o se niegan a trabajar con ella. Hay casas donde las trabajadoras ni siquiera tienen un cuarto solo para ellas. Ahí se pueden presentar abusos sexuales. Y, entonces, la despedida es ella. Debería haber solidaridad de género pero terminan acusándola de buscárselo. ¿Ven esos casos aquí? Mucho. En los talleres que hacemos, pero no lo cuentan así nomás. Recién cuando hay confianza y cuando ya pasó. Tampoco se respeta el derecho al descanso de 24 horas a la semana. La ley dice que son 8 horas de trabajo al día, y no se cumple. Hay mucha cercanía con el empleador y está a merced de su humor. Mientras todo está bien, la empleada es transparente. Podrían aprovechar para preguntarle de dónde viene, cómo es su pueblo, cuáles son sus costumbres y así conocer un poquito más del país. A veces ni saben su apellido, ni su cumpleaños. Pero somos personas con sueños de progreso, que nos enamoramos, con ideales. ¿Cuándo se dan cuenta de la trabajadora del hogar? Recién cuando ella no está. Cuando, en la noche, no hay una comida calentita esperando y la casa es un desastre.