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Pinter actual, 50 años después

2008/10/14

El crítico literario José Miguel Oviedo comenta una puesta en escena del Nobel de Literatura Harold Pinter que ironiza sobre las instituciones.

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Hace exactamente medio siglo, cuando Harold Pinter, el ahora famoso dramaturgo inglés y Premio Nobel de Literatura, era apenas conocido como poeta y actor, escribió una pieza que no fue presentada sino después de ser revisada 20 años más tarde. Acabo de ver una muy buena versión de ella en un teatro de Filadelfia y quedé sorprendido por su increíble actualidad. The Hothouse es su título, que literalmente significa “el invernadero”, pero en este caso se refiere a algo muy distinto, que podría traducirse como “sanatorio”. Hay una ambigüedad sobre la verdadera naturaleza de esa institución estatal, pues sus mismos encargados debaten el nombre y los fines que cumple. El nuevo director se inclina por considerarla una “casa de reposo”, aunque para los espectadores nunca es del todo claro si se trata de un nosocomio para gente con problemas mentales, un centro de reclusión para elementos antisociales o un lugar clandestino de detención para presos políticos. Esa ambigüedad es esencial para que el siniestro humor de la obra funcione y para que nuestra imaginación trate de hallar semejanzas con otras instituciones estatales, sociales o políticas. Aunque es probable que Pinter estuviese criticando la torpeza y la frialdad con las que las entidades sociales británicas manejaban la salud pública, hay ominosas referencias a otras situaciones pasadas, presentes o futuras, desde centros para “reeducación” de disidentes hasta los detenidos en Guantánamo. ¿Se trata de pacientes o de indeseables criminales? ¿Están allí para curarse o como castigo? Nunca estamos muy seguros, pero podemos entender la pieza como una parábola de los métodos de control del Estado sobre los individuos en una sociedad totalitaria. Todo esto, por supuesto, está relacionado con la metáfora clave del teatro de Pinter: el encierro, el espacio claustrofóbico. LA OTRA AMBIGÜEDAD esencial en la obra es que nunca vemos a los pacientes o reclusos, y ni siquiera conocemos sus nombres: los encargados se refieren a ellos solo por números, lo que subraya la deshumanización burocrática del sistema. Lo sorprendente es que, pese a los continuos golpazos de puertas metálicas que se abren o se cierran, el tono es de comedia negra, cuya absurdidad nos hace reír y, al mismo tiempo, sentir un escalofrío: ¿y si esta pesadilla fuese real?, ¿si esto pudiese pasarnos a nosotros? La primera escena es hilarante: Mr. Roote, que recientemente ha asumido el cargo de director, discute el caso de un interno. Su asistente Gibbs (todos los nombres de los funcionarios son monosilábicos, varios con cómicas alusiones) le informa que esa persona murió el jueves anterior. Roote se indigna: él lo entrevistó al día siguiente, como consta en su agenda. Respetuosamente, Gibbs le hace notar que, en la agenda, esa cita corresponde a la previa semana y que, además, hay un error en el número anotado: no termina en 9 sino en 7. Estos enredos lunáticos se complican, llevan mucho tiempo en resolverse, y eso da un indicio de la ineficiencia de todo lo que allí ocurre: nadie tiene mucho interés en cambiar nada. Es un mundo al revés: quizá los que están dentro sean locos, pero los que están fuera también merecerían ayuda psiquiátrica. LO QUE OCURRE DESPUÉS es una serie de calamidades y desastres: nos enteramos de que una interna ha dado a luz a un niño, y la indagación por hallar al presunto violador sugiere que uno de los posibles culpables es el mismo Roote, a quien además vemos aceptar los juegos de seducción de Ms. Cutts, que hace una caricatura de la vampiresa; un nuevo empleado es sometido a descargas eléctricas cuando no puede contestar un cuestionario disparatado; y, finalmente, tras una sesión alcohólica con el pretexto de la Navidad, Roote lanza un largo e incoherente discurso a los internos, que es interrumpido por los gritos de una feroz estampida o rebelión interna que termina trágicamente. Lo único que puede ser discutible en la obra es cierta desconexión entre el primer acto y el segundo, en el que la revuelta parece un recurso intempestivo. Aparte de eso, el texto tiene las virtudes típicas del arte de Pinter: lenguaje preciso, concentración, funcionalidad, hábil uso de los silencios, frecuentes salidas de tono y cambios de ritmo. No sería justo dejar de mencionar que la interpretación de Paul Nolan como Mr. Roote fue realmente extraordinaria, digna de un gran actor: hizo de ese estentóreo, verboso, empecinado, fatuo y odioso personaje una figura memorable.