Además:

Perritos de taxi

2008/07/27

Son tan peligrosos como los perros del hortelano.

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Terminar el segundo año de gobierno en una situación relativamente ordenada, con la economía en crecimiento, y en control de la escena política limeña por la debilidad de la oposición, puede fortalecer la soberbia que se percibe ya no solo en el presidente de la República sino –lo que es más peligroso– también en algunos ministros. El poder es una gasolina de la arrogancia, y esta suele ser, a su vez, un camino seguro para perder la capacidad de comprender el momento y su perspectiva. Que la sufran los jefes de Estado es frecuente. Pero cuando se presentan esos arranques, deben ser sus colaboradores más cercanos, como los ministros, los llamados a alcanzarle el cable a tierra y de avisarle al rey cuando está calato. Ahí radica el riesgo de que algunos ministros estén perdiendo la perspectiva. El de la Producción, por ejemplo, Rafael Rey, acaba de impulsar una buena reforma de la regulación pesquera, pero eso no debiera alentar su tradicional apasionamiento e intolerancia que le impiden siquiera escuchar el argumento contrario. A su vez, Ántero Flores-Aráoz, alguien que suele exhibir sentido común en la política, ahora se empecina en una denuncia absurda contra la bailarina de la fotografía con la bandera en el caballo, e incurre en la grosería de comparar la situación con un “tampax”. Debería, al menos, preguntarles a sus colegas mujeres del gabinete qué piensan de su comentario. Otro ejemplo: la ministra de Justicia, Rosario Fernández, tuvo un inicio interesante, hace siete meses, cuando marcó su posición en algunos asuntos jurídicos que no coincidían con los del presidente. Pero después ha tenido más de una justificación de los desaguisados del Gobierno. El último ocurrió esta semana, cuando no le pareció interesar la posibilidad de que el ministro del Interior se reúna con un condenado como Alberto Fujimori. Tan peligrosos como los 'perros del hortelano’ que el presidente dice combatir, puede ser el hecho de que sus principales colaboradores se comporten frente a él como 'perritos de taxi’, esos que van en el tablero o en la parte posterior del vehículo, asintiendo sin parar ante cualquier movimiento del conductor del automóvil.