Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
Esta columna se publicó en agosto de 2007. Hoy, sospecho, su mensaje es mucho más urgente que entonces; de ahí la necesidad de hacerla pública de nuevo. Con las gracias al director por atender este inusual pedido. Hace unos meses, el jefe de una ONG quería hacer un almuerzo con un grupo de periodistas para presentar un interesante trabajo. Me llamó preocupado porque había descubierto que era imposible sentarlos a la misma mesa. Le di una actualización de las más recientes peleas entre periodistas y tuvo que rehacer su convocatoria para no generar una estampida. Me reí mucho porque, en realidad, si uno hace la lista de egos en conflicto en este gremio puede darse cuenta de que no hay quien no tenga un pleito pasado, latente o pendiente. Claro, esto es gracioso mientras que no sea más que un conflicto privado. Total, nadie tiene la obligación de llevarse bien con todo el mundo. Es más, uno puede tener el derecho a no llevarse bien con nadie. Sin embargo, tristemente, las cosas no quedan ahí. Un viejo reportero me decía que las dos especialidades de un periodista peruano eran las policiales sobre policías y el periodismo sobre periodistas. Parecería que la tentación de mirarse al ombligo y hacer de eso una noticia es irresistible, cuando la verdad es que a pocos importa lo que pensamos unos de otros en este trabajo, más allá del chisme sabroso. El periodismo de periodistas es noble cuando sirve al público. En la defensa de la libertad de expresión, en la crítica de medios y en el mundo académico encuentra su mejor expresión. También, por supuesto, en la denuncia de actividades delincuenciales; que eso quede claro. Lo que no entiendo es por qué cada periodista, para considerarse exitoso, célebre o independiente, tiene que asumir el rol de crítico del competidor y, adicionalmente, insultarlo, desvalorarlo y desmoralizarlo en público, exhibiendo prejuicios y generalizaciones sazonadas con resentimientos propios y mucha auto condecoración. Y como todo ataque exige una respuesta (yo misma las he dado) terminamos en una guerra sin fin. Quién gobierna está encantado. El desprestigio de la prensa y la falta de atención de la misma a los que deberían estar siendo fiscalizados ¿no es un verdadero paraíso para quien está en el poder? Así, pierde el público que termina mal informado de asuntos más graves y más confundido que ilustrado. Pierden, finalmente, los propios periodistas, todos cubiertos por el manto del desprestigio, desconfiando unos de otros en un trabajo en donde la colaboración resulta fundamental. Hoy, después de la hecatombe que generó Montesinos en la prensa, deberíamos tener un periodismo más profesional y menos interesado en batallas de la nada. Ojalá que estas líneas sean bien recibidas y comencemos todos a mejorar en lo que nos toca.