Domingo 27 de mayo del 2012 | 21°
La muerte de María Paola Vargas, cruelmente arrojada de una custer por unos barristas desadaptados, nos tiene indignados a todos. Y no solo porque se trata de una niña linda que estaba en este mundo para hacerlo mejor (sus órganos les salvaron la vida a cuatro personas porque ella eligió ser donante) sino porque, de alguna manera, nos ha recordado que nos estamos acostumbrando a vivir atemorizados por unos energúmenos que, en nombre del deporte, asaltan, golpean, se emborrachan, estafan y se apoderan de parques y plazas. Y no me vengan con que es un caso aislado o que el fútbol es un deporte sano que no se mancha con hechos como este. Ese cuento ya no funciona. Al fútbol cada vez es más difícil encontrarle un lado amable: los jugadores se juerguean y han demostrado ser más hábiles con los puños que con los pies. Los dirigentes se perennizan en el poder, crean empresas evasoras y usan los clubes deportivos como fachadas para hacer sus negocios. Los entrenadores se han olvidado de que ganar es un objetivo, y los hinchas (digo los que quedan, porque los decentes ya no van al estadio) tienen confundida la garra con la delincuencia. Hace tiempo que el fútbol perdió esa mística que lo convertía en el juego que desataba pasiones y nos recordaba que valía la pena luchar por algo. Siempre he pensado que ese sentimiento que todos añoramos no tiene que ver con los triunfos (que vamos, seamos sinceros, nunca nos han acompañado largos trechos) sino que se desprendía de la calidad humana de los involucrados en ese deporte. De jugadores como Oblitas Cueto o Cubillas, que para los niños de mi generación eran ídolos que entraban a la cancha a romperse el alma para que, en casa, todos gritáramos “gol”. Está bien, no siempre ganaban. Incluso a veces todo les salía mal, pero al final del partido nos quedábamos con la satisfacción de que los once muchachos se habían roto el alma por nosotros. Como decía el gran Constantino Carvallo, a quien no puedo dejar de recordar en estos días, nuestros jóvenes y niños no pueden crecer sin héroes. Parte de su formación es reconocer modelos que encarnen el éxito, que luchen contra la adversidad, que representen el coraje, el respeto y la caballerosidad. Lo normal es que los encuentren en el mundo del deporte; sin embargo, en nuestro país la posibilidad de que el fútbol, tan masivo y popular, aporte ejemplos a seguir es remota sino nula. Está claro que de jugadores ejemplares hemos pasado a tener peloteros juergueritos y, ahora, dicúlpenme el término, el fútbol se ha llenado de pelotudos. Por eso, todos los que estamos hartos de tanta decadencia y corrupción, los que no queremos que los barristas delincuentes nos asusten en las calles, los que añoramos volver a gritar gol con orgullo, acompañemos hoy a los padres de Paola en la vigilia que realizarán a las 6:30 p.m. frente al Palacio de Justicia. Exijamos paz. Pidamos que el fútbol vuelva a ser el espacio de decencia y esperanza que los peruanos nos merecemos.