Además:

La pared de mi baño es más grande que la tuya

2011/11/13

Desvaríos de un bloguero enfrentado a la terrible posibilidad de que los comentaristas de la red demuestren la absoluta inutilidad del periodismo.

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Juzgar es fácil. Quiero decir, vomitar un opinión en Internet es particularmente sencillo y especialmente catártico. Usualmente las opiniones más vomitables (que suelen ser, además, bastante vomitivas) son las que pueden resumir su ira en 140 caracteres. No se necesita más. ¿Para qué? ¿Acaso alguien va a tomarse el trabajo de elaborar un argumento? Ya pues. El mejor ejemplo de esta situación son la legión de comentaristas de las webs noticiosas. O sea, vamos, ¿qué impulsa a una persona común y corriente a invertir su tiempo en escribir el comentario de una noticia titulada “Rosario Ponce criticó a Gisela Valcárcel por homenaje a Ciro Castillo”? En serio, ¿para qué? Para nada, por supuesto. Salvo para generar otra noticia titulada “Cibernautas llaman ‘perra’ a Rosario Ponce por reclamos a Gisela”, con una exquisita antología de los comentarios más machistas, prejuiciosos y denigrantes. Esta segunda noticia —en una especie de Inception de pesadilla— viene con su propia sección de comentarios machistas, prejuiciosos y denigrantes. Por supuesto, no todo es así en Internet. En algunos foros, blogs y espacios en Facebook se pueden encontrar comentaristas con ganas de argumentar, debatir y escuchar. Pero también están los otros, los que NECESITAN comentar la noticia “¿La experiencia de Rosario Ponce en el Colca será llevada al cine?”. Ellos, en realidad, no se diferencian mucho de los que TIENEN que comentar cualquier artículo sobre las andanzas de Chehade con un “CORRUPTOOOOO!!!” y nada más. ¿Qué los une? La catársis. Eso es. Nadie pretende solucionar el caso de Ciro con un comentario machista. Nadie va a hacer justicia con un tuit agresivo. Nadie va a conseguir que renuncie Chehade puteando en el Facebook de Humala. Para muchos Internet cumple la misma función que la pared de un baño público. Por eso, como dice @sallesino, enojarse por un tweet es como ofenderse por una frase escrita en un baño. No solo no vale la pena si no que, para el agresor, la persona objeto de su odio no existe en realidad. Es una figura en una pantalla. Es más un personaje que una persona. No existe en la “vida real”, solo está allí, en la pantalla. Igual que el comentarista agresivo, que solo existe en función a que tiene un teclado delante. El comentarista agresivo simplemente está aprovechando la oportunidad, el espacio, para soltar sus prejuicios sin el filtro de la mirada ajena. El mismo fenómeno del baño público. Y eso es lo que nos separa —en la teoría, claro— a los periodistas de todos los demás. En una época en la que cualquier transeúnte con un celular puede obtener una primicia, en la que cualquier persona puede editorializar sobre cualquier noticia, en la que todos pueden publicar todo, ¿cuál es nuestro espacio? Precisamente, creo, no hacer lo que hace la mayoría: vomitar nuestros prejuicios para hacer catarsis. La idea es elaborar un poquito más y no limitarse a lanzar arengas o epítetos. Por ejemplo, decir que le vas a pegar a una pareja de gays si pasan delante de un nido. Eso, precisamente, está al nivel de cualquier comentarista anónimo de Internet. Armar una campaña porque los muñequitos de una galería de arte chocan con tus patas. Eso, precisamente, lo puede hacer cualquier tuitero. Decir, durante la campaña, que Humala iba a imponer un régimen comunista. Eso, exactamente, lo pudo alucinar cualquier loquito con Facebook. Pero —se supone— que los periodistas debemos elaborar la información un poquito más. Si no, ¿qué nos diferencia? El viejo periodismo se construyó sobre un mercado en el que tenía el monopolio de la información (y la opinión). El periodismo de ahora vive en una situación completamente distinta: la sobreoferta de información (y la opinión). Pasamos de una economía de la escasez a una de la abundancia. Nuestro viejo juego ahora lo juega todo el mundo, dejando en evidencia lo fácil que siempre nos la llevamos. Tenemos que jugar otro juego, ofrecer algo más, algo mejor o, sino, la única diferencia será que nosotros tenemos más grandes las paredes de nuestros baños.