Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Recientemente, el comando policial ha empezado a sustraer efectivos de diversas unidades policiales para luchar contra las pandillas juveniles, que se han convertido en uno de los más graves problemas de seguridad ciudadana. Como suele suceder, se equivocan. Las pandillas no se combaten acumulando policías sin preparación para ese objetivo. Es más, la lucha contra las pandillas no es principalmente un asunto de represión. A fines del gobierno de Alberto Fujimori se dictaron leyes durísimas, sobrepenalizando las pandillas. No sirvieron para nada, porque el fenómeno ha seguido creciendo. En lugar de aprender de algunas experiencias exitosas, apoyarlas y replicarlas, se insiste en políticas fracasadas. PANDILLAS DE EL AGUSTINO. Una de esas experiencias con logros visibles es la que ha conducido en El Agustino José Ignacio Mantecón, el padre 'Chiqui’, un zaragozano que vive en El Agustino desde hace 23 años. Él dirige la parroquia Virgen de Nazaret, en un ámbito de unas 150,000 personas. 'Chiqui’ empezó a trabajar con las pandillas juveniles hace 12 años. En aquella época, 36 pandillas integradas por cientos de jóvenes asolaban el distrito. Al principio, conjugó esfuerzos con el comisario, un comandante de la Policía preocupado por el problema e interesado en ayudar a los jóvenes. Sin embargo, cambiaron de colocación al comisario y el programa que habían emprendido se frustró. Cuando no existe una política desde el Ministerio del Interior para tratar con las pandillas, el asunto queda librado a la buena voluntad de cada jefe policial y a su capacidad de comprender el problema. Eso quita continuidad a cualquier intento de aplicar sostenidamente una línea de trabajo. MARTIN LUTHER KING. El padre 'Chiqui’ siguió adelante y se vinculó con el líder de la pandilla más violenta y más temida de El Agustino, Los Picheiros, que acababa de salir del penal de Lurigancho y quería corregirse y ayudar a cambiar a los demás. La relación con el líder pandillero vino por el lado de Alianza Lima. Las pandillas están imbricadas con las barras bravas y Los Picheiros integraban la barra de Alianza. 'Chiqui’ era capellán de dicho club en esa época. Reunieron en la parroquia a unos 200 pandilleros de varios grupos y Sully, el líder, les “habló de Martin Luther King, premio de la paz y su lucha por sus hermanos negros utilizando métodos no violentos y las expectativas de salir del mundo de la violencia, vivir mejor, tener un trabajo honorable, cambiar sus vidas, poder caminar por las calles sin temor”. (Padre 'Chiqui’, Asociación Martin Luther King: una experiencia de trabajo con las pandillas de El Agustino, Ciudad Nuestra). LÍNEAS DE TRABAJO. 'Chiqui’ captó que tenía que aprovechar los aspectos positivos de la pandilla y utilizarlos para revertir los negativos. Las pandillas tienen organización, solidaridad y liderazgo, que empezaron a emplear con fines distintos. 'Chiqui’ y sus colaboradores se empeñaron en cuatro líneas de trabajo - La primera, formación y educación. Con la ayuda de profesores voluntarios e instituciones como Fe y Alegría incorporaron a los jóvenes, muchos de los cuales habían abandonado los estudios, a programas de primaria y secundaria. - La segunda, empleo. La Asociación Martin Luther King (MLK) suscribió un convenio con el municipio del El Agustino para dar trabajo a algunos jóvenes. Se crearon algunas microempresas. Y contaron con el invalorable apoyo de un empresario –de los muy grandes– que acudía con su esposa todos los sábados, durante seis horas, para preparar a un grupo de jóvenes a insertarse en el mundo laboral. También les abrió la puerta en sus empresas a varios de ellos. - La tercera, el deporte, siempre importante con los jóvenes. Constituyeron un club deportivo con entrenadores que no solo se ocupan del aspecto físico y técnico, sino de la formación de los jóvenes y niños. - Por último, se empeñaron en realizar obras de reparación a la comunidad por los daños que le habían causado. Es importante que los ex pandilleros reconozcan y asuman su responsabilidad por los estropicios que provocaron y, a la vez, que la comunidad los acoja nuevamente. Para esto realizan trabajos de limpieza pública, participan en celebraciones de Navidad o Día de la Madre llevando regalos a personas que fueron afectadas por sus actos, etc. SÍ SE PUEDE. Algunos jóvenes reinciden y vuelven a las calles y a la violencia. Otros no pueden deshacerse de su adicción a la droga. 'Chiqui’ calcula que un 95% de los pandilleros se drogan y, lo peor, con drogas duras, muy adictivas y tremendamente destructivas como la pasta básica de cocaína, que ha sustituido a la marihuana. Sin embargo, muchos han podido ser recuperados. (Ver entrevista a 'Chiqui’ en la revista Justicia para Crecer, Nº 11, “Lo más gratificante es ver a los muchachos encontrar un nuevo horizonte”). El problema de los jóvenes pandilleros se explica básicamente por familias desestructuradas en un medio de pobreza y falta de oportunidades. La escuela, por lo general, no ayuda al joven a integrarse y adaptarse. Quien lo acoge es la pandilla. La sociedad tiene que buscar formas de integrar y brindarles reconocimiento a esos jóvenes. Experiencias como la del padre 'Chiqui’ muestran que es posible hacerlo. Como él dice, “una respuesta a tiempo y adecuada significa el rescate de un inmenso contingente de jóvenes para la vida productiva y social del país”.