Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
“A Esteban le dije que regresara de la discoteca a las 2 a.m., y apareció a las 4 a.m. Le llamé la atención y se puso malcriado. No puedo dejar que haga lo que le dé la gana”, dice Julia (48). La familia es un engranaje. Si uno de sus miembros está en etapa de cambios, todos cambian. Con mayor razón si uno de ellos está atravesando por la adolescencia, etapa complicada y difícil. La forma de relación de los padres con el adolescente ha de ser distinta a la de antes. En vez de criticarlo, comprenderlo. En vez de castigarlo, acogerlo. En vez de imponerle o darle órdenes, hay que negociar con él. Recordar que el niño obediente o que se asustaba cuando nos veía molestos se fue, y para siempre. ¿Y si se negocia con el hijo y tampoco cumple? Lo principal es no violentarse, porque nada bueno se saca. El objetivo no es que el muchacho obedezca sino que aprenda a respetar sus compromisos. Esto último es un proceso mucho más difícil que cumplir por miedo o para que los padres no se molesten. “¿Entonces, no le digo nada?”, pregunta Julia. Terapeuta: “Sí, quizás al encontrarse con él (no yendo a tocar la puerta de su cuarto), dígale lo que en realidad le pasó: que cuando él dijo que volvía a las 2 a.m., pensaba venir a esa hora, pero que parece que cuando se está divirtiendo la hora se le pasa. Que de a pocos lo irá consiguiendo. Y nada más, aun cuando tenga ganas de darle un consejo o amenaza”. El objetivo no es que obedezca sino que poco a poco vaya internalizando el sentido del tiempo y la importancia de cumplir con lo que él mismo asume. Y esto requiere paciencia de santo. Pero, a la larga, da resultados.