Además:

El ojo de Mordor

2009/08/30
Compartir

En el Perú tenemos una magnífica colección de políticos metepatas, que no deberían hacer muchas cosas, pero terminan haciéndolas, y que van por la vida torturándonos con sus propuestas letales. Y nosotros, claro, las toleramos, las soportamos como espartanos, porque los peruanos tenemos un aguante a prueba de coche-bomba. El último número de Dedomedio, una de las mejores y más corrosivas revistas del mercado periodístico, nos recuerda algunas de estas iniciativas 'abracadabrantes’ con las que nos han enrostrado su ignorancia insondable, abisal. Se trata de ocurrencias abotargadas, de alucinaciones neuronales en plan Matrix que, cuando se les ocurren, hasta las anuncian con leones como en las películas de la Metro Goldwyn Mayer. Estas, supongo, se producen debido a la falta de ideas, al ayuno de lecturas, a la incapacidad administrativa y de gestión, a la inclinación de nuestros políticos a la improvisación y a lo inane, y a su confusión sistemática, que se traduce en ese permanente enseñar las palmas de las manos vacías y exhibir el fundillo de los bolsillos. Como sea. Dedomedio, decía, ha recopilado como quien pega imanes en la refrigeradora, algunas de ellas, como aquella del presidente regional de Puno, Hernán Fuentes, quien con una dialéctica atropellada y renga pretendió cambiar el nombre del departamento por el de: 'Región Federal Autónoma Quechua Aimara’, que suena horrible y, encima, no dice nada. Una de las más lisérgicas, sin duda, le pertenece a Alan García, a quien se le ocurrió, con su risa entre buena y mala, que diría Valle Inclán, que el Perú debía postular para ser la sede de los Juegos Olímpicos de 2016. “Hay que pensar en grande”, dijo entonces y acusó de derrotistas a los críticos de la ideota. Sin embargo, alguien le hizo notar, después de formulado el anuncio, que el plazo para presentar candidaturas había culminado el año anterior, por lo que señaló: “Entonces postulemos para el 2020”. Otro de los más prolíficos en este tipo de impulsos obcecados ha sido Octavio Salazar, actual ministro del Interior, quien cuando fue director de la Policía sugirió, para evitar “conductas violentas y delincuenciales”, prohibir la venta de licor a partir de las dos de la tarde. Lo más curioso es que tuvo seguidores. La entonces ministra de la Mujer, Susana Pinilla, apoyó entusiastamente la propuesta, y el alcalde de Surquillo, Gustavo Sierra, pretendió ser más radical todavía: propuso que la prohibición se extendiese las 24 horas del día. Otra de Salazar. Planteó que, ante al amenaza de los 'marcas’, los policías resguardasen hasta sus casas a quienes sacaban mucha plata, sin determinar, por cierto, qué cosa era “mucha plata”, y sin percatarse de la ingente movilización que suponía dicho supuesto. Ah, y está también aquella sugerencia de prohibir la posesión de drogas para consumo personal, que soltó a golpe de fábula. Una de las más desternillantes, no faltaba más, tiene como autor intelectual a Ollanta Humala y su proyecto para que el Estado le compre toda la cosecha a los agricultores cocaleros (cuando este solamente necesita el 8%), y que ya después, más tarde, en algún momento, se determinaría en lo que se haría con tanta coca, creyendo que, de esa manera, una vez comprada toda la producción, se contribuiría a que la producción decrezca. Hay otras, por cierto. Como la del presidente del Congreso, Luis Alva Castro, quien aspira a que el Parlamento, en pleno, se traslade hacia las provincias, como los circos cuando se van de gira. Y así. Para no mencionar las que alberga en su carcaj la Tía Bagua, o algunas más inocuas, como esa de querer reinstaurar la libreta militar o intentar proscribir los anuncios sexuales, o aquella del canciller García Belaunde cuando exhortó a los peruanos a no ver Indiana Jones. Y hay más, claro, que se le escapan a Dedomedio y al arriba firmante. De esta manera, los que andamos por la vida sin estar seguros de nada, descubrimos que hay gente que no tiene sentido olfativo ni sentido común, y, lo peor, constatamos que forman parte de nuestra fauna política, dedicada a lanzar disparates; disparates que, como las liebres, saltan donde menos las esperas. Pues así estamos, oiga.