Además:

Oiga, twitera ley

2009/09/13
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El título original de esta columna debería haber sido “¿Estás real y absolutamente seguro/a de que quieres ser el Barack Obama peruano?”, pero salía muy largo. El caso es que, con todo el cacareo alrededor de la web 2.0 y las redes sociales, los políticos peruanos poco a poco empiezan a inscribirse en todas las aplicaciones de moda, con la loca ilusión de ganarse alguito. Todos quieren ser Barack Obama, es decir, todos quieren usar Internet para obtener réditos políticos. Las más notables adquisiciones recientes son las flamantes cuentas de Facebook del Ministerio de Justicia y del Ministerio de la Producción, que ya tienen un par de meses dedicándose –a falta de otro objetivo– a reventarles cohetes (casi digo lavarles los pies) a más no poder a Aurelio Pastor y a Mercedes Aráoz, respectivamente. Resultado: interacción casi nula. Impacto cero. Pero, y este es el gran pero, ¿están seguros nuestros políticos de querer impacto e interacción en las redes? Con ustedes: Rosario Sasieta, la 'Señora ley’, la reina del Twitter desde que se sacó una cuenta en mayo de este año. Una congresista bullanguera que consiguió trasladar sus hasta entonces simpáticas estridencias a la red social de 140 caracteres con bastante éxito: no solo era la legisladora más exitosa en el Twitter, sino que era, en general, una de las usuarias peruanas con más seguidores (3,306 al momento de escribir estas líneas). La interacción era frecuente: Sasieta no solo 'twiteaba’ hasta el inicio de su dieta, sino, sobre todo, sus actividades como legisladora. Respondía personalmente a los que le pasaban la voz. El impacto fue alto: varios 'twiteros’ se convirtieron en hinchas de la 'Señora ley’, que incluso organizó un paseo guiado por el Congreso solo para Twitter people. Instintivamente, Rosario Sasieta se había transformado en una política 2.0. Internet le sonreía a la 'Señora ley’. Hasta que Internet le aplicó su ley. El problema era que Sasieta usaba instintivamente las redes sociales. Como hace notar Esther Vargas en su blog Clases de Periodismo, la congresista no se había planteado ningún tipo de estrategia ante casos de emergencia. Entonces, cuando su histriónica ex trabajadora María Elena Medianero la denunció por supuestos abusos y lavados de pies, Sasieta no supo cómo reaccionar ante sus seguidores virtuales que esperaban y se ganó una de las lapidaciones virtuales más impresionantes que se haya visto. Esther le advierte a todos los Obama wannabe: “Una vez que ingresas a Internet te la estás jugando. Preguntas incómodas, aluvión de críticas y cargamontón. Los elogios están medidos, porque además está claro que los políticos en la región –y en el mundo en general– generan desconfianza. Por eso, en otros países los políticos se lanzan a las redes con un equipo de comunicadores que desde el arranque trazan una estrategia ante casos de emergencia”. La estrategia contempla las siguientes preguntas: ¿Está preparado para que lo cuestionen? ¿Qué dirá si lo insultan? ¿Cómo responderá en Twitter o Facebook ante una denuncia (falsa o verdadera)? ¿Qué es transparencia para usted? ¿Tendrá secretos con sus seguidores? ¿Está en capacidad de responder con la verdad a todas las preguntas que puedan surgir? ¿Está dispuesto a salir de inmediato a las redes en caso de un escándalo? Apenas conocida la denuncia, los seguidores de Sasieta la inundaron de preguntas, pero, al final, la respuesta fue: “He declarado en Prensa libre, pueden verlo y sacar conclusiones”. Terrible error. La gente en las redes sociales no quería verla regresar a los medios masivos, esperaban una respuesta horizontal, como las que habían obtenido antes, cuando todo era felicidad. La torta se volteó de la peor forma. Ya nadie le pregunta nada. Solo la fastidia. Sasieta está desaparecida de las redes sociales desde el lunes. Si Sasieta es inocente o no, ya veremos. Por mientras, su caso servirá como lección para todos los ingenuos políticos peruanos que creen que entrando a la web 2.0 mágicamente se solucionarán sus problemas de credibilidad o popularidad. Lo siento: no todos pueden ser Barack Obama.