Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Ados semanas de las elecciones, y a poco de dos meses de acabar su segundo mandato, George W. Bush ha caído a solo 25% de aprobación (solo Alan García y Daniel Ortega están por debajo suyo en las Américas). Si para los latinoamericanos es algo común, en los Estados Unidos que un presidente pueda llegar a niveles de impopularidad tan abrumadores casi no tiene precedentes. Aun así, hay muchos que consideran que los niveles de apoyo son generosos para un presidente que ha hecho tanto daño a los Estados Unidos y al mundo. Hace ocho años, por esta misma época, Bush se presentaba como un conservador compasivo ('compassionate conservative’) y competía con Al Gore por una presidencia, a la que llegó casi por casualidad e incluso, sostienen algunos, con fraude. De hecho, la mayoría de los votos de los norteamericanos fueron para Gore, pero dado el complejo sistema de electores indirectos, todo se definió en Florida, en donde una discutida decisión de la Corte Suprema del Estado no permitió un recuento solicitado por los demócratas y unos pocos votos decidieron los delegados a favor de Bush. Cabría pensar que un presidente elegido en esas condiciones compensaría su debilidad con convocatoria amplia y concertación. Ocurrió todo lo contrario, más todavía después de los espantosos atentados del 11 de setiembre. Su gobierno fue polarizante y estuvo dominado por una extrema derecha ultraconservadora (los “neocons”), entre cuyos exponentes más conocidos fuera de los Estados Unidos están Donald Rumsfeld, que hubo de ser sacado del Departamento de Defensa por su fracaso en Irak, y Paul Wolfowitz, de fugaz y escandaloso paso por el Banco Mundial. Bush se va, finalmente, pero deja al mundo en lo que parece ser ya la peor crisis económica desde los años treinta. Una crisis que se incubó en los Estados Unidos por diversos factores, entre los que parece destacar la laxitud de las regulaciones federales a los banqueros e inversionistas. Es decir, la crisis se debe en mucho a las políticas (o la falta de ellas) de la administración Bush. Ojalá fuese solo ese el ámbito en que deja un legado desastroso para su país y la humanidad. Destacan también en su herencia la invasión a Irak, que no solamente ha costado cientos de miles de vidas iraquíes y varios miles más de norteamericanos, sino que, por lo unilateral y prepotente de la intervención, aisló a los Estados Unidos en el mundo como nunca en su historia. El fanatismo antioccidental y el terrorismo que emerge de sus sectores más radicalizados se ha nutrido de las políticas internacionales de Bush, y por ello el mundo es hoy un lugar mucho más inseguro. Pero hay mucho más en el debe. Está su negación primero y falta de liderazgo después frente al calentamiento global, la relativización de los derechos humanos y la aceptación de la tortura de prisioneros; así como una visión de la religión tan conservadora que lo coloca cercano a quienes, en pleno siglo XXI, desconocen la teoría del evolución de Darwin o a quienes se oponen a la investigación científica con células madre. En fin, una verdadera desgracia de la que el mundo tardará en recuperarse, si es que lo logra del todo. Una pesada herencia para Barack Obama, a estas alturas su casi seguro sucesor, en quien hay puestas muchas expectativas –y no solo en los Estados Unidos– que no pueden ser defraudadas.