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Política | Dom. 28 sep '08
Obama - McCain: dos versiones de supremacía
El primer debate entre Barack Obama (demócrata) y John McCain (republicano) permitió observar dos estilos y propuestas de gobierno que, sin embargo, no deben llevar a soslayar los puntos de encuentro de ambos contendores.
McCain apareció como un político recio, cuajado, mordedor, a gusto en el combate cuerpo a cuerpo. No regaló a su contendor una sonrisa ni una mirada, ni perdió la oportunidad de calificarlo de inexperto e ingenuo.
Obama, por el contrario, por estrategia electoral, pero también por sentirse cómodo con ese tono, trató a McCain de “John”, le dio la razón en varios puntos concretos y asumió en muchos momentos un estilo más propio de un diálogo que de un debate.
Los estilos parecen ajustarse a contenidos y estrategias electorales diferentes: McCain trató de transmitir que tiene un plan claro, pero sobre todo una propuesta de partido; mientras que Obama intentó comunicar que su propuesta es inclusiva, de unidad nacional, y que no solo el Partido Demócrata puede llevarla adelante.
En relación con las propuestas de gobierno, se evidenció que las diferencias principales residen en la política económica, en particular en cuanto al gasto fiscal y los tributos. Tales diferencias no son nuevas entre los dos partidos (resultó, además, una versión ampliada de los intercambios de puntos de vista en el Perú, entre derecha y centro o centroizquierda). Obama se cuidó de aparecer como un hincha del recorte del gasto; se inclinó, más bien, por privilegiar la calidad del gasto con énfasis en las políticas redistributivas, en especial las de carácter social. McCain representó la opción por el recorte y ajuste del gasto público.
Sobre la política tributaria, Obama colocó el centro de su interés en la desaparición de los privilegios de los más ricos. McCain contrapuso la idea de que la clave consiste en reducir los tributos para que las empresas creen puestos de trabajo.
En política exterior los objetivos fueron similares; pero las estrategias, bastante distintas. Para McCain el futuro se juega en Irak; para Obama, en Afganistán. El republicano propone una liga por la democracia con sus aliados de Europa occidental para aislar a Rusia y a China (enemigos de fondo y competidores en el Oriente Medio); mientras que el demócrata se inclina por acuerdos amplios (sin pasar por encima de la ONU), por conversar sin compromisos con sus enemigos y, en especial, por reconstruir la imagen y la legitimidad de Estados Unidos en el mundo. En síntesis: McCain quiere seguir actuando bajo el principio de un mundo unipolar, de una sola gran potencia; Obama piensa que esa etapa concluyó, que ahora se trata de actuar como el más fuerte, pero con la mayor cantidad de aliados. En la primera versión, el imperio sigue incólume; en la segunda, hay conciencia de que su poder ha sido seriamente afectado.
McCain apareció como un político recio, cuajado, mordedor, a gusto en el combate cuerpo a cuerpo. No regaló a su contendor una sonrisa ni una mirada, ni perdió la oportunidad de calificarlo de inexperto e ingenuo.
Obama, por el contrario, por estrategia electoral, pero también por sentirse cómodo con ese tono, trató a McCain de “John”, le dio la razón en varios puntos concretos y asumió en muchos momentos un estilo más propio de un diálogo que de un debate.
Los estilos parecen ajustarse a contenidos y estrategias electorales diferentes: McCain trató de transmitir que tiene un plan claro, pero sobre todo una propuesta de partido; mientras que Obama intentó comunicar que su propuesta es inclusiva, de unidad nacional, y que no solo el Partido Demócrata puede llevarla adelante.
En relación con las propuestas de gobierno, se evidenció que las diferencias principales residen en la política económica, en particular en cuanto al gasto fiscal y los tributos. Tales diferencias no son nuevas entre los dos partidos (resultó, además, una versión ampliada de los intercambios de puntos de vista en el Perú, entre derecha y centro o centroizquierda). Obama se cuidó de aparecer como un hincha del recorte del gasto; se inclinó, más bien, por privilegiar la calidad del gasto con énfasis en las políticas redistributivas, en especial las de carácter social. McCain representó la opción por el recorte y ajuste del gasto público.
Sobre la política tributaria, Obama colocó el centro de su interés en la desaparición de los privilegios de los más ricos. McCain contrapuso la idea de que la clave consiste en reducir los tributos para que las empresas creen puestos de trabajo.
En política exterior los objetivos fueron similares; pero las estrategias, bastante distintas. Para McCain el futuro se juega en Irak; para Obama, en Afganistán. El republicano propone una liga por la democracia con sus aliados de Europa occidental para aislar a Rusia y a China (enemigos de fondo y competidores en el Oriente Medio); mientras que el demócrata se inclina por acuerdos amplios (sin pasar por encima de la ONU), por conversar sin compromisos con sus enemigos y, en especial, por reconstruir la imagen y la legitimidad de Estados Unidos en el mundo. En síntesis: McCain quiere seguir actuando bajo el principio de un mundo unipolar, de una sola gran potencia; Obama piensa que esa etapa concluyó, que ahora se trata de actuar como el más fuerte, pero con la mayor cantidad de aliados. En la primera versión, el imperio sigue incólume; en la segunda, hay conciencia de que su poder ha sido seriamente afectado.