Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Creo haber citado alguna otra vez estos versos de León Felipe (1884-1968) que delatan la dolorosa realidad en la que viven los seres humanos. Los pobres, naturalmente, pero también los ricos que, al explotar o ignorar al prójimo, hacen escarnio de su propia humanidad desvalorizando sus potencialidades más preciosas. Decía así el poeta corrido de su propia patria por la furia y la ignorancia asesina del franquismo: “Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan solo lo que visto. Y he visto: que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, que el llanto de los hombres lo taponan con cuentos, que los huesos del hombre los entierran con cuentos y que el miedo del hombre… ha inventado todos los cuentos. Yo no sé muchas cosas, es verdad, pero me han dormido con todos los cuentos… y sé todos los cuentos”. Ayer, los cuentos que menciona León Felipe se divulgaban a través de la familia, la escuela, las iglesias. Eran el tejido que daba sustento a nuestra vida y, en algunas partes, a esa historia hecha de parches y ocultamientos solía llamársele el “ser nacional”. Si en verdad todo lo que ha inspirado el miedo constituye la base de nuestra posibilidad para realizarnos como seres humanos, nuestro destino solo podrá escalar lo poco que en el campo moral ha escalado hasta el presente. Felizmente somos, potencialmente, mucho más que eso. Nuestro cerebro, verdadera joya a la que alguien llamó “el telar encantado”, posee 100 mil millones de neuronas con una capacidad que, expresada en términos matemáticos, es de 10 elevado a la billonésima potencia. Lo más parecido, quizá, que puede haber a la seductora palabra infinito. En un país de creyentes como es el Perú, es lícito formularse la siguiente pregunta: ¿Si Dios puso a nuestra disposición tan fantástica capacidad para crear, imaginar, soñar y realizar, no es un pecado imperdonable desaprovecharla y reducirnos a recitar dogmas que paralizan el libre ejercicio de nuestra inteligencia? Verdad es que el libre ejercicio de la inteligencia es, y lo será siempre, una amenaza para los que utilizan el poder en su propio beneficio. Es también un peligro para las instituciones que han desvirtuado sus funciones y para aquellos que suelen servirse de la ignorancia y del fatalismo como la manera más simple de prolongar sus privilegios. Por eso, seguramente, postergar al prójimo es parte de un ejercicio que las doctrinas económicas de la codicia y del egoísmo, que hoy amenazan con hacer estallar el mundo, recomiendan practicar con esmero. El símbolo más doloroso de esa postergación lo constituye una niñez educada en malas escuelas, receptora de deficiente atención médica y obligada a trabajar a una edad que los tratados internacionales prohíben. Cuando das una limosna a un niño en la calle, le estás dando una limosna al Leonardo que no será Leonardo o al Newton que no será Newton a causa de un sistema que nos mece con cuentos.