Además:

Nos habíamos amado tanto

2011/05/07
Compartir

Como todos ustedes no puedo recordar el día de mi nacimiento. Sé que fue un día muy caluroso de febrero, vía parto natural. Me ha contado mi madre que eran casi las 12 de la noche y que para ella, que ya tenía dos niños, fue un parto dulce, fácil y feliz. No sé mucho más, porque la memoria no nos premia con el privilegio de evocar el día en que nos convertimos en hijos. En cambio, sí podemos recordar cada detalle y minuto del día que nos convertimos en madres. Yo hasta el día de hoy no puedo olvidar los nervios, la emoción, la anestesia. Recuerdo el cuerpecito frágil de Adriano, del que inverosímilmente salía su llanto potente, triunfal, y al mismo tiempo desgarrador. Recuerdo que en ese preciso instante supe que mi vida ya no sería más la misma. Que para bien o para mal había llegado el momento de convertirme en otra. Convertirse en madre, está claro, no es una experiencia meramente biológica. Es un proceso que cada mujer vive de manera distinta, única diría yo, en el que confluyen factores tan disímiles como la educación, la personalidad, la clase social, las creencias religiosas, las neuras, los valores… todo. Desde el momento en que te anuncian que tienes un niño en la panza, todo lo que eres y todo lo que tienes queda, de alguna manera, entrelazado, enredado, con esa criatura. Para algunas, la experiencia resulta gratificante. Otras la afrontan con pavor ya sea por falta de recursos, o de ganas. No puedo siquiera imaginar lo que implica para una niña de 14 años o para una mujer pobre, que ya tiene cinco niños más que alimentar, la noticia de un embarazo. No, no nos engañemos. La maternidad no siempre se parece a las postales del día de la madre en que aparece una dulce señora cargando a un bebe rozagante rodeada de paz y amor. Y, por lo tanto, hablar así, a secas, de lo que significa ser madre, como si fuera una experiencia estándar, no solo me resulta simplón, sino que creo que nos coloca a las mamás, que somos miles, únicas e irrepetibles, ante modelos ajenos, extraños a los que se supone nos tenemos que ceñir. ¿Cómo fue la maternidad para ustedes? ¿Cómo han experimentado ser hijos de…? No lo sé. Yo solo puedo contarles que a mí, la llegada de Adriano me quitó el sueño para siempre, y su vidita se apoderó de mis preocupaciones. Con él aprendí el significado de la palabra miedo, y hasta ahora no he vuelto a sentir un terror similar al que experimenté las primeras horas tras su nacimiento, en las que su pecho se inflaba todo tratando de abrazar el aire para superar un problema respiratorio que felizmente fue pasajero. Junto con esos temores, sin embargo, junto con esas renuncias, descubrí también un amor para el que no me sentía ni remotamente preparada, ni digna. De pronto entendí que a esa personita que tenía al frente la iba a querer irremediablemente. Que no había escapatoria. Que había encontrado, me disculparán la cursilería, un verdadero amor eterno. El día que nació Adriano aprendí no sólo qué significa querer a un hijo, sino, y esto es lo más valioso, de qué se trata querer como una madre. Y lo más curioso de todo este descubrimiento, es que desde entonces me embarga una gran vergüenza. Me explico: a lo largo de estos escasos tres años de crianza de mi hijo, me he encontrado en varias oportunidades recordando los reproches absurdos que le hacía a mi mamá; las mil veces que discutí con ella por necedades; los innumerables momentos que la odié, con ese odio infantil que es inocuo pero muy sincero, porque me obligaba a comer lo que no quería. Con el nacimiento de mi hijo, debo confesarlo, por fin entendí que a pesar de mi tiranía de niña posesiva, de mi egoísmo de adolescente narcisista, o de mis desplantes de jovencita dizque independiente, a pesar de eso, mi mamá nunca me quiso ni un poquito menos. Nunca dejó de amarme. Al contrario, siempre estuvo y sigue estando ahí. Por eso hoy quería dejar de lado las agotadoras discusiones políticas que suelen apoderarse de esta columna, para agradecerte mamá por quererme de esa manera que recién ahora, gracias a mi hijo, puedo entender. Feliz día, mamá.