Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Harta. Esa es la palabra que mejor define mi estado de ánimo con respecto a la discusión sobre los paneles de propaganda electoral que han invadido Lima. Y es que me aburre, profundamente, constatar cómo el sentido común abandona a quienes pretenden dirigir los destinos del país, cuando de defender sus intereses se trata. Hemos asistido, toda la semana, al penoso espectáculo de ver a aspirantes al Congreso defender su derecho a malograr la ciudad con sus fotoshopeados rostros. A patalear porque no se les da permiso para generar situaciones de riesgo con enormes carteles que impiden la visión de señales de tránsito. A pegar de alaridos para que su derecho a ser identificados por la población se sobreponga al derecho de todos los demás ciudadanos de vivir en una ciudad sin polución visual. Han esgrimido leguleyadas, como que la ordenanza vigente regula las elecciones municipales pero no las nacionales (como si el riesgo de los paneles no fuera el mismo). Se han quejado de guerra sucia. Pero en ningún momento, los hemos escuchado hablar del ciudadano, ese al que quieren representar, ese al que le están pidiendo su voto. Entendemos que el voto preferencial es caníbal, y que sobresalir entre los 468 candidatos al Congreso que postulan por Lima no es tarea fácil. Pero eso no les da derecho a imponernos su carota en cada esquina, poste, pared o techo disponibles. La verdad que a mí la cara tensa de Castañeda, la sonrisa de chibolo de PPK (qué tal retocada de foto), el gesto empalagoso de Toledo, las miraditas con pretendido carácter de Keiko, o la nueva imagen dizque moderada de Ollanta me tienen francamente harta. Pero seamos optimistas. Tal vez esta iniciativa de la alcaldesa Susana Villarán sirva para que nos animemos a reclamar nuestro derecho a vivir en una ciudad libre de publicidad contaminante. Lima está plagada de carteles que crecen con una voracidad alarmante. El día menos pensado el edificio del frente alquila su techo a una de esas empresas que anuncian con un cartelazo luminoso lleno de efectos especiales, y su casa, querido lector, queda convertida en pista de baile de discoteca barata. Y ya es ocioso mencionar la Panamericana Sur. Ahí están las chicas calatas, los helados gigantes, el congresista Renzo Reggiardo tirando dedo (gran defensor de los paneles y a la sazón dueño de una empresa que los provee), bronceadores, hamburguesas y cualquier cosa que nuestro bolsillo pueda pagar. Según la ordenanza 1094, que regula la publicidad exterior comercial, la distancia entre un aviso y otro, en una vía como la Panamericana Sur, debe ser de 300 metros. Esto quiere decir que solo en un viajecito a Asia usted puede ser bombardeado por 3 carteles cada kilómetro. Eso hace más de 300 carteles gigantes dispuestos a distraer su atención, a convencerlo para que saque sus ojos de la carretera. Buen viaje.