Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Respondo a quienes me han escrito: ya sé que hay otros cowboys, pero no puedo nombrarlos a todos. Claro que me acuerdo de Hopalong Cassidy, pero no puedo acordarme de su cara como sí recuerdo la de chino que tenía Roy Rogers. Me daba –eso sí, olvidé decirlo– una rabia extrema, desesperante, cada vez que Roy atacaba la guitarra y se ponía a cantar. Yo quería aventuras, balazos, persecuciones, puñetes, patadas, amenazas y, sobre todo, ese final típicamente americano con beso incluido o con la partida del héroe hacia un horizonte de soledad y justicia. Lamento no haber mencionado en mi primera nota dedicada a las 'convoyadas’ al Llanero Solitario –¿era estrictamente un cowboy?–. Ese sí que hacía que mis disquisiciones entraran en trompo. Para mí, de niño, la palabra solitario estaba asociada a mi padre sentado solo en la gran mesa del comedor, con todos los naipes desplegados ante su vista. Él hacía 'solitarios’, y yo pensaba que al Llanero lo apodaban así porque en sus ratos libres hacía lo que hacía mi padre –claro que no en el comedor de mi casa–. Nunca, sin embargo, apareció un naipe en sus películas. Luego, niño todavía, entendí que solitario era estar solo, pero no comprendía qué hacía ese indio entorpeciendo la genuina vocación a la soledad del Llanero. Menos aún iba a entender que, para los que inventaron el personaje, estar con un indio, el fiel Toro, era como estar solo. No se me ocurrió que fuera una postura –¿inconscientemente?– racista, pero el no entenderla ya subrayaba el éxito de la prédica de mi madre sobre que todos los seres humanos somos iguales. Bueno, iguales iguales no –lo comprobé a la hora de ducharnos en mancha luego de un partido de fútbol–, pero sí con los mismos derechos, y eso lo aprendí de adolescente. Lo cierto es que el Llanero Solitario fue una contribución extraordinaria del cine hollywoodense a mi formación humanística. ¿Quién más? Como héroe, con nombre propio, ninguno. Como actor, que es más importante que el personaje, muchos. Uno que nunca olvidaré, y con canción de fondo que aún puedo cantar –sin saber muy bien lo que digo–, es Gary Cooper. La película se llamaba El mediodía –creo–, y en la escena que me marcó, el muchachito –así llamábamos al 'bueno’ en Rosario– se enfrenta, a la hora que da título al filme, a un anti-muchachito en un duelo que, creo –perdón Bedoya, Bedón y otros expertos–, es un clásico del cine western que luego influyó, dicen, en Kurosawa. En realidad, en Kurosawa no sé, pero que yo soñé y reviví las imágenes de ese duelo varias veces, de eso sí estoy seguro. Ya adolescente, me pregunté qué diferencia había entre un cowboy y un gaucho. Y mi conclusión fue que sobre los cowboy se hacían películas, y sobre los gauchos, no. Luego hubo algunas –recuerdo La guerra gaucha–, pero sin los condimentos emocionales de Hollywood que hacen del héroe un paradigma a seguir, sobre todo por el beso final. Traté, “al compás de la vigüela”, de imaginar a Martín Fierro dando ese beso, y nunca mi héroe local dio la talla para semejante papel.