Domingo 27 de mayo del 2012 | 19°
Mi madre murió cuando yo tenía cuatro años. Mi padre se convirtió en padre y madre para mí, él fue quien me educó. La gente se admiraba de lo educada que yo era. Me decían 'quédate acá’, y yo obedecía. Les hacía caso para corresponder a la imagen que tenían de mí (ríe)”. Wendy Ramos, la fundadora de Bolaroja, la institución que cura a grandes y chicos con una sonrisa, nos habla de su 'formalidad’ infantil. Usted estudió Comunicaciones... Yo quería estudiar Educación Especial, pues desde chiquita quería ser maestra. Siempre me jaló enseñar, quizá porque tenía una relación bien chévere con mis profesoras, me gustaba explicar cosas, es más, lo hacía con mis compañeras. Pero, al momento de elegir, la Unifé era la universidad que tenía Educación. Me dije: “Otra vez monjas, otra vez mujeres… no”. Me hicieron un test vocacional y salió Comunicaciones. Yo no sabía ni qué era eso. Ingresé a la U. de Lima. Pero ya en la universidad, me encantó mi carrera…hasta ahora uso lo que aprendí allí. Usted escribe, y no lo hace mal… En la universidad había cursos de guión y no sé por qué siempre terminaba escribiéndolos. Pero, ¿escribir?, yo no sé escribir. Por ejemplo, yo no podría dictar un curso de guión porque no sé ni cómo los hago yo (risas). Yo escribo por instinto, un instinto animal: me siento y escribo. Escribo sin técnica, o quizá sí, con la técnica 'Ramos’ (risas). Eso sí, siempre lo hago con la música de La Liga del Sueño o de Pelo Madueño. No sé qué tendrá esta música pero con ella, al menos cuando tengo que contar algo divertido, sí puedo escribir. Bolaroja es el proyecto en el que más contenta está, ¿no? Sí. ¿Por qué? Porque ha podido sorprenderme. Cuando estaba en Pataclaun pensé que había llegado a mi techo, no me imaginaba qué más podía venir pues el programa era un éxito absoluto, la gente nos quería, éramos famosos, ganaba mucho dinero y era joven. ¿Qué más podía querer en la vida? Cuando se terminó fue, para mí, una caída al vacío. ¿Y por qué decidieron acabar con Pataclaun si les iba tan bien? Porque en el interior no iba tan bien. Había problemas de equipo. Nos fuimos todos y pensé, por las cosas que habíamos logrado, que iba a ser fácil entrar a otro lado… y no lo fue. Hubo un vacío muy doloroso y muy fuerte, sentía que mis alas no servían. Me decía: “Si no estoy allí no soy nada, no sirvo, no puedo hacer otra cosa”. Y, de pronto, apareció Bolaroja. ¿Cómo empezó? Como un taller de claun para doce personas. Yo acababa de llevar fuera un taller de claun que me rompió el cerebro, pues era totalmente distinto a lo que había hecho acá. Era la peor de la clase. El profesor me decía: “Lo que estás haciendo no es claun; estás haciendo un personaje, estás demasiado preocupada en hacer reír y eso no es ser un claun… muestra tu corazón”. Yo estaba acostumbrada a atacar, a defenderme y no podía. Me chocó tanto que, cuando entendí el concepto, se me abrieron millones de posibilidades. Es decir, Pataclaun no era claun. No. Según lo que había aprendido era teatro, personajes. El claun muestra su corazón, su fragilidad. En Pataclaun, si no eres gracioso, mueres. No había cómo ayudar a los que no eran chistosos, porque, además, el humor era muy verbal, muy de texto. Entonces, encontré esto nuevo, donde no importaba si uno era o no gracioso, donde bastaba con que uno estuviese allí, con virtudes y defectos. Entonces, este taller no solo significó una nueva etapa vital, sino también escénica... Así es. Por ejemplo, allí me enteré de que existía el claun hospitalario y, cuando volví, me dije: “Esto que he aprendido no me lo puedo quedar”, y empecé a enseñarlo. Dicté mi taller, a los alumnos les encantó, fue una experiencia linda, de crecimiento y los alumnos querían más, esto me obligó a seguir estudiando y, luego, abrimos la Casa Bolaroja. Luego, gracias a una amiga me contacté con Patch Adams y todo creció. Un día me vi en medio de la Plaza Roja, en la Isla de Pascua con Patch y su familia y me dije: “Dios, ¿cómo llegué acá?”. Lo que era un trabajo de plan hospitalario, pensado en los niños, creció a una cosa institucional: el Ministerio de Salud nos ha nombrado 'Promotores de la salud’, hemos ganado el premio Creatividad Empresarial… ¿Patch Adams ha sido un modelo a seguir? Totalmente. De él he aprendido más como persona que de su trabajo. Es un líder, y me enseñó a ver desde otro ángulo el trabajo del claun hospitalario. Por la formación que recibí en España –estuve tres meses siguiendo un taller en Ibiza, que fue tan fuerte que no visité ni una sola discoteca–, yo lo veía como algo más artístico, con muchas reglas, algo muy profesional. Pero, de pronto, llegó él y nos enseñó toda esa carga de afecto que hay que tener con el paciente, afecto que te conecta mucho más con él y, por ende, ayuda más. Por combinar profesionalismo y afecto, creo que Bolaroja es tan reconocida en todo el mundo. Y tienen un trabajo comunal en Belén, Iquitos… En Belén, a pesar de la miseria que uno observa, las personas tienen una energía y una alegría que quema y que nos motivó a trabajar con ellos. Empezamos pintando sus casas. El año pasado llevamos a 100 payasos de 11 países. Vamos como clauns comunitarios, pintamos las casas, hacemos talleres, hacemos clauns. Son dos semanas muy alegres, alucinantes, donde niños y grandes se divierten. Hemos logrado, incluso, comprometer a las autoridades: hay campañas de salud, espectáculos culturales… hasta la Reniec nos acompaña . ¿Tiene algún cargo? Soy una doctora Bolaroja (risas). ¿Quiere tener hijos? No quiero tener hijos porque tengo muchos payasos (ríe).