Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
La segunda bomba atómica sobre el Japón, en la ciudad de Nagasaki, puso fin a los delirios imperiales del autoritarismo japonés, con la rendición incondicional de Japón y el término de la Segunda Guerra Mundial en la explanada del acorazado Missouri. De esas llamas terribles surgió un país nuevo, que muy pronto demostró que no necesitaba de mandones ni de dioses vivientes para tener un lugar en un mundo desarrollado y de paz. El fujimorismo, ese movimiento político inspirado en el imperio de los mandones como pilar del orden y el progreso del Perú, ha tenido este último martes 7 de abril su Nagasaki. Alberto Fujimori, al que algunos amigos reaccionarios llamaban en sus buenos tiempos “el emperador”, ha sido condenado a 25 años de prisión. Y lo ha sido, principalmente, por un lejano descendiente de esa antigua ciudad portuaria japonesa arrasada por la Bomba: su abogado César Nakazaki. Porque, en efecto, aunque tengo una simpatía mediática por el letrado, Nakazaki ha sido tan devastador como la Bomba para la defensa del 'emperador bamba’. Dejando de lado los tecnicismos legales, estoy seguro de que el eje central de la defensa de Fujimori tenía que ser el de echarles la bosta a otros. Es decir, señalar a otros culpables. Y no, por supuesto, a una banda criminal de 'pichiruchis’ como Martin Rivas y compañía, sino a unos capos de verdad. ¿Quiénes? Pues, aquellos que dirigían los servicios de Inteligencia y el Ejército a la hora de los crímenes de Barrios Altos y La Cantuta. ¿Sus nombres? Julio Salazar Monroe, jefe nominal del SIN; Vladimiro Montesinos Torres, jefe real del SIN, y Nicolás Hermoza Ríos, comandante general del Ejército. El gran problema es que estos “señores” generales, tan bambas como “el emperador”, eran y son también los defendidos de Nakazaki. ¿Cómo podía, pues, Fujimori despacharse contra los clientes de su mismo abogado? ¿Cómo podía señalar en juicio a Montesinos como culpable sin que Montesinos lo señalara a él? Muchos respetables periodistas se sorprenden de que el tribunal no haya considerado los atenuantes de haber recibido aquel un país en llamas. Pero fue el mismo Fujimori, asesorado por Nakazaki, quien mató esa posibilidad. Cuando dijo que no se arrepentía “de nada”, ni de haberle dado poderes omnímodos a Montesinos, ni de haber mantenido, pese a todas las denuncias, a Hermoza; ni de haber cogobernado con ellos, principales responsables de las matanzas, selló su suerte. Cualquier atenuante palideció ante estos agravantes. Y, entonces, cayó la Bomba. Justo en Semana Santa, cuando hace casi 20 años el 'chinito’ se intoxicó con bacalao para ocultar sus planes para con el Perú; hoy, el 'Imperio del Bacalao’ ha terminado. Gracias, doctor Nakazaki.