Domingo 27 de mayo del 2012 | 22°
En estas últimas semanas se han acumulado una serie de noticias relacionadas con las consecuencias de las guerras. Argentina, en un acto de dignidad, expulsó al obispo Williamson, quien negaba la existencia de las cámaras de gas de los nazis. El Gobierno argentino afirmó que “…manifestaciones como estas agreden profundamente a la sociedad argentina, al pueblo judío y a la humanidad toda, pretendiendo negar una comprobada verdad histórica”. En Camboya se inició hace unas semanas el juicio a Nuon Chea, el jefe ideológico de los jemeres rojos, acusado de ser uno de los responsables directos de la matanza de más de 1.7 millones de camboyanos. De La Haya se informó que Radovan Karadzic, el ex líder serbio de la guerra de Bosnia, no presentaría defensa al desconocer la Corte de Justicia Internacional como el tribunal donde debe ser juzgado. Hace unos años, eché el ojo, ese que llora, a la tumba de un niño bosnio en el cementerio de Srebrenica. Ahí donde el Estado Bosnio, a pesar de sus dificultades económicas, ha brindado a sus ciudadanos la posibilidad de tener una mirada digna sobre su pasado, así terrible fuera. El cementerio, suerte de precioso e inmaculado museo, lleno de flores, no se visita con ganas de venganza sino teniendo en mente la paz y el “nunca más”. En Srebrenica fueron asesinadas por el ejército serbio, en pocos días, unas cinco mil personas. Cosas del destino, visité este museo con una señora serbia de Bosnia y con una dama bosniaca musulmana. La más impactada era, paradójicamente, la serbia quien se preguntaba cómo el ejército de su pueblo había podido llegar a tanta falta de humanidad. La bosniaca, heredera de los asesinados, la consolaba diciéndole que eso nunca más iba a pasar. También he tenido la oportunidad de visitar en Phnom Penh la escuela que antes se llamaba liceo Tuol Svay, que sirvió de base de tortura a los desequilibrados jemeres rojos. A la escuela, ahora museo, el Estado de Camboya no ha agregado ni quitado nada, para no olvidar. Lo que uno ve son las herramientas de tortura que utilizaron los bandidos jemeres rojos para lograr que sus opositores lleguen a delatar. El Estado camboyano a pesar de sus escasos recursos financieros, ha sabido dar a sus ciudadanos un lugar que permitirá hacer recordar a las futuras generaciones el mal del que fueron capaces y el por qué hay que buscar formas de cambiar la sociedad. Visitando estos lugares, donde no se ataca a nadie, se confirma que los museos no solo nutren el arte y los conocimientos, sino también el alma. En Srebrenica le pedí perdón al niño Ismael. ¿Cuándo podré tener un lugar digno y permanente para pedirle perdón a un Huamán?