Además:

Mujeres guerreras

2008/04/12
Compartir

Esther Vargas es la editora de la sección Sociedad de este diario. Su testimonio, publicado este jueves, es conmovedor y valiente. Hay que tener mucho coraje para enfrentarse a lo que ella se ha enfrentado. Pocas veces se ha visto a alguien, hombre o mujer, ventilar públicamente su intimidad para no ceder al chantaje al que miles de personas están sometidas diariamente por el solo hecho de vivir su sexualidad en privado de una forma diferente a la de la mayoría. La vergüenza y el miedo a la incomprensión y la exclusión consiguen, por lo general, rápidas huidas silenciosas. No conozco a Esther, salvo por la lectura de su divertida e informada página de sexo. No necesitaba para ese empleo, ni para ser mejor o peor maestra de periodismo, que nos revelara su vida privada. Se ha visto forzada a hablar a la cara de sus censores para no transar por menos de lo que merece: un empleo en donde se le respete. Curiosamente, las dos historias tienen un protagonista común. La Universidad San Martín de Porres es propietaria del equipo de fútbol en el que jugaba el agresor y también es la empleadora de Esther Vargas, profesora de periodismo a la que la invitaron a que dejara de enseñar por ser lesbiana. El jugador machista fue primero suspendido y, luego, ante la presión pública, expulsado del equipo. La profesora fue notificada de que todo había sido un malentendido y que podía seguir enseñando. ¿Sería distinto el caso si su ex rector no fuera el actual ministro de Educación? Las mujeres peruanas tienen todavía muchas batallas por delante para lograr que su sexualidad no sea un elemento determinante en su vida laboral. Las dos historias de esta semana tienen un desenlace positivo. Por ahora, parece que la guerra se está ganando.